Queremos creer. ¿Condición innata, como la curiosidad, inherente al ser humano? Queremos creer. Y creemos. En el corporativo parpadea el número del filtro: 47491. Respondo: “¿Otorrino?”, “Te paso un niño de tres años con una espina de pescado”. Y mientras llega el pequeño, o la hoja de urgencias con los datos exactos bajo el código de barras, el número de historia clínica (NHC) y el CIAS, fantaseas con la información y te imaginas al niño con una espina gigante en la mano, como una antorcha olímpica o como la espada del rey Arturo, curiosa economía del lenguaje…
Alejandro apenas entiende la diferencia entre gravedad y levedad, enfermedad y accidente, bueno y malo, pasea su cocodrilo feroz por el borde de la mesa mientras su madre responde a los antecedentes personales. No alergias emdicamentosas, vacunas correctas, ningún ingreso hospitalario, no intervenciones quirúrgicas, no tratamiento habitual y peso aproximado. La conversación afable deja aflorar la ansiedad encubierta por el abuelo. Alejandro responde a las argucias para sujetarle como si de un juego se tratase, la luz para contarle los dientes, el depresor para asustar a los bichitos de la boca, las pinzas para coger la espina como las finas patas de araña…una centésima de segundo y dos lagrimones mejilla abajo concluyen con la espina apresada. Y el pequeño aplaude como si fuera un juego de magia. Y la madre deja escapar la risa nerviosa y suelta un sinfín de halagos y piropos (pulso, tacto, profesionalidad…) a los que, por primera vez, respondo: “Le agradezco sus palabras, pero su pediatra y su médico de familia son tan eficientes como nosotros, están tan preparados como nosotros. Tal vez no dispongan del material adecuado en su lugar de trabajo, o no lo han visto claro; es mejor no actuar si uno no está seguro…se lo digo porque ellos hacen guardias de otorrino, sabe, como yo, están formados. O igual de formados que yo. Porque yo aún soy residente, de tercer año, de familia, no soy otorrino…”
(Voz en off: Un no otorrino, como si lo fuera, le ha extaído el cuerpo extraño a su hijo, me pregunto si se siente igual de agradecida o tal vez defraudada, tal vez. Los especialistas de este área en concreto se esmeraron en enseñarme a desempeñar su bien hacer, ¿qué piensa al respecto?)
Dulcemente les sonrío, acaricio el remolino que corona la testa del crío, quizás sea lo único que queda de mí, la sonrisa…cambié…sí cambié, aunque haya quien siga creyendo que la gente no cambia. Me siento orgullosa de ser lo que soy, no tengo que engañar a nadie ni ocultarlo, porque además es lo mejor que pudo pasarme en la vida: ser Médico, y serlo de familia, ser Médico de Familia. Respeto a mis compañeros, a todos, los admiro, pero soy de quienes piensa que hay un lugar para cada uno. No entiendo el sigma que se empeñan en trazar entre especialidad y MFYC, porque no existe, todos somos especialistas, cada uno en su campo, o en campos solapados; no es intrusismo profesional, es versatilidad, es la esencia del humanismo. Aprendamos, cuanto más mejor, formémonos globalmente, no agotemos esa insaciable necesidad de saber, de conocer, de aprehender, ese afán de superarnos, de crecer…(como personas)