Los kilómetros de subsuelo se acortan con “El jardín de Villa Valeria” entre las manos y un lapicero de mina imperceptible que subraya, ajeno a los traqueteos de viajeros y paradas, las frases imperdonables: “y cuando el hombre calla en su tortura, un dios me concedió decir lo que yo sufro”…
Y así Goethe y Vicent se dan la mano y me acompañan…no podían ser otros…
La simbiosis, la dualidad, del que calla otorga, del decir que soporta en silencio, del que se doblega en palabras…nuestro día a día: todos dicen sufrir, todos creen aguantar, todos se saben fruto de la paciencia y, sin embargo, todos, sin excepción, todos murmuran su pena. Porque cantando la pena, la pena se olvida, como diría Machado…
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