Cinco a la mesa inaugural, ante el majestuoso auditorio semicircular atento, se inaugura el XVII Congreso de la Sociedad Madrileña de Medicina Familiar y Comunitaria. El señor Güemes saluda, otorga a unos y otros la palabra mientras él las maneja con estudiada soltura. Y como si de un duelo de esgrima se tratase, el Dr.Cubero despliega artes de elegancia y touches certeros, con exquisita maestría y templanza, con ágiles movimientos en un mar de calma; arrincona al adversario que con buena técnica se defiende pero no llega a acertar. El auditorio aplude con fervor al maestro y comenta las apreciaciones del contrincante con un rumor al unísono, la historia se repite: según el RD1753/98 el MIR equivale entre 6-8 años de trabajo, recuerda Paulino…a lo que Güemes responde: “no puede equipararse un año de MIR a un año de trabajo”, sin duda, pero no en el sentido que él piensa, porque no sabe de qué habla. ¿Triste? Tal vez decepcionante, pero cierto. No conoce la realidad, no es el primer congreso que aborda temas laborales, ni el primer congreso balsámico, ni otras tantas necedades…que por muy bien declamadas y entonadas, no dejan de sonar huecas. Pero hay que estar dentro para oirlas, hay que callar para poder, posteriormente opinar y doblegarse ante el presidente; chapeau Paulino, chapeau!
CSIC: XVII Congreso de la SoMaMFyC
Abril 11, 2008 · No hay comentarios
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Para leer: Otro pequeño fragmento del libro de residentes inconcluso…
Abril 11, 2008 · 1 comentario
Apenas se acercó, inclinada sobre mí, a auscultarme, el ritmo cardíaco se disparó. Con el fonendo sobre mi pecho, buscando los mismos puntos imaginarios que todos se empeñaban en traducir, como si de un código secreto se tratase, aquellos que yo también fui conociendo (y reconociendo en mi propia piel) poco a poco, a fuerza de vencer la timidez de la ignorancia y preguntar, una vez establecido ese vínculo invisible del médico que visita diariamente a sus pacientes y éstos lo hacen suyo, en esa familiaridad de la rutina.
Luego asocié que aquella tarde era el cuarto espacio intercostal el que silbaba la novena sinfonía, ¿allegro ma non troppo?, mientras la punta de sus yemas, las del cuarto y quinto dedo, rozaban mis costillas, y la boca de la manga de su bata, mi antebrazo. El monitor trazaba una línea irregular, que para mí carecía completamente de significado, pero que se multiplicó en el preciso instante en el que la doctora se aproximó, como un ángel sin gravedad, caído directamente del paraíso. Entorné los ojos y pregunté:
- “¿Es esto el cielo?”- con un hilo de voz que hasta a mí me sorprendió que fuese oído.
- “No, está en La Paz”- respondió un sonido tan dulce que no pude dar crédito de mi suerte.
- “¿Y eso está antes o después?”- se me escapó con tal seriedad que su sonrisa fue la respuesta inmediata, y los labios perfectos, como los carnosos duraznos de la huerta del ventorrillero, jugosos y sonrosados, mostraron con tal naturalidad una hilera de dientes impecables, como las blancas perlas custodiadas del fondo del océano, y no sé qué impresión (o sí lo sé) pudo causar en mí tal derroche de hiriente belleza, que la maquinaria maltrecha dio nuevamente un pálpito. “¡Ay!”-quise gritar, pero la presión ahogó la protesta del miocardio y todo quedó en un suspiro o un bufido o un amago de querer decir y no pronunciarse.
- “Pues, no sé si queda antes o después, pero no se debe estar muy mal porque aquí viene mucha gente…se lo aseguro”-me susurró próxima a mi cabecera, con una complicidad repentina, en tono de media confidencia, al tiempo que arqueaba las cejas con evidente ironía, divertida de mi ocurrencia, abriendo grande los ojos, un par de almendras tostadas alegres que brillaban como por encanto divino. Respiré hondo para vencer la fatiga y aspiré su perfume sin querer, un almizcle de lirios y rosa con ylang, que calmó ese peso que me atravesaba hasta reducirlo a un tímido cosquilleo.
- “Debe estar después…aquí no llega todo el mundo…sólo nos lo merecemos unos pocos supervivientes…”-coqueteé instintivamente con ella, como un colegial quinceañero, impúber, inofensivo y pícaro, sin ánimo de conquista, con la única intención de saberme activo, de sentirme vivo…el único lujo de los octogenarios: el juego y la sinceridad (aún no sé si porque nadie te tiene en cuenta o porque te conceden el beneplácito de la edad). Y ella, ladeó graciosamente la cabeza, varias veces, en un gesto de reprobación fingido, que fue el detonante de la noche, porque todo mi campo de visión comenzó a difuminarse, haciendo saltar los rizos y las pecas hasta que se me confundieron con el neón fluorescente, las camas contiguas, los pijamas verdes-amarillos-celestes-blancos, las batas…y de repente, la visión borrosa se oscureció, haciéndose completa madrugada, noche cerrada. Alargué los dedos tanteando y aún pude asir su mano lazarilla: mi izquierda, su derecha. Y su latido vital fuerte, nítido, vigoroso, se transmitía por su primer dedo al dorso pellejo huesudo envoltorio de mis metacarpos, alentando al mío, débil y errático. Una ligera presión fue suficiente para que pronunciara mi nombre…
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