Duermes. Y además de envidiar tu sueño profundo, quisiera convocar a mil duendes para que concluyeran tu labor y tejieran un sinfín de mantas con las que abrigarte el desconsuelo y dieran lustre a miles de infinitos pares de zapatos de charol brillantes con los que calzarte cada vez un nuevo día y secaran tus lágrimas para devolverte la risa y ahuyentarte los fantasmas para devolverte los sueños…pero no puedo. Agoté la magia, me quedé sin trucos y sin guiños y sin chistera. Se me escaparon las palomas y las monedas sin dedos y las cartas trucadas y los confetis. Ahora sólo me encojo de hombros y suspiro…y bajo la manga, ssshhhhhh!!, que nadie se entere, cruzo los dedos, para que el temporal amaine y dejes danzar tu alma descalza por la primavera…
Que descanses mi niña favorita, mi niña pequeña…
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“Homines, dum docent discunt” escribió Séneca, “Los hombres aprenden mientras enseñan”, deleitándose en la Baetica, seguro, en la majestuosa Corduba . Pero olvidó añadir: “cuando lo hacen”, es decir, cuando enseñan; porque a veces, demasiadas veces, se supone que deben (enseñar) y sin embargo, enredan el tiempo centrándose en sí mismos, en desempeñar su trabajo y ejercicio de la profesión con ese mínimo imprescindible, justo para salir del paso, dejando el compromiso moral de la docencia en pura teoría, que como todos sabemos a la perfección, “es teoría” y de ahí a la práctica, dista una inmensidad de galaxias y años luz. Qué lástima de docencia…
Aprendemos por ósmosis, al menos, a no ser aquello que no queremos ser y que tanto nos tropezamos a diario…(algo tenemos claro, qué alivio…algo…)
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