Si pudiera…
Si pudiera, desecharía mi cuerpo en la arena, pecas al sol, párpados de vacaciones, y obligaría al corazón seguir la inercia de las olas, sincronizando latidos en ese ir y venir de golpe de espuma que acaricia la orilla, hasta alcanzar el cronotropismo positivo…
Pero el único sol que alcanzo es el que se filtra por la terraza y se refleja narcisamente en el suelo, mientras el café se enfría y yo me enredo con los vocablos sajones…
Preferiría estar más dormida que despierta, es más dulce la ficción que la realidad, más llevadera…tal vez por eso exista, tal vez por eso no nos abandona la capacidad onírica…para compensar, para evadirnos…
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Las despedidas de rotación se celebran con “algo para compartir”, así me lo inculcaron mis erres mayores, así lo mantuvimos los coerres, así lo transmitimos a los pequeños. Y la tradición, de esta forma, se perpetúa.
Hoy me despedí de la planta, (mañana del centro de especialidades), sin despedirme, porque el Dr. Olías estuvo ausente y no pude agradecerle su visión de la cardiología, su trato exquisito con el paciente, su temple, su enseñanza por ósmosis, o a pluma y papel, su alegría. En la primera de la general, abundan los grandes profesionales, no hay que ser un lince para constatarlo. Una simple sesión pone de manifiesto el nivel que se palpa, se respira, incluso entre los residentes del servicio; pero entre todos, siempre hay quien se distingue…
De hecho la ausencia se hizo tan manifiesta que se tradujo en horas extras…
Y menos mal que era el último día, que por ser el último se agredece, lo aprendido, que no el cese en la sección. Menos mal que hubo despedida, que Clara y yo hicimos uso y abuso de la telepatía para convertir la mesa del despacho en un manjar azucarado, haciendo de los bombones los dátiles de nuestro particular desierto…
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