Me espera temprano, ocho y poco, en la puerta de la consulta 11, aún cerrada, mano sobre mano en el regazo y piernas cruzadas hacia atrás bajo la silla azul eléctrica. Y se ilumina cuando me ve doblar la esquina de las escaleras. “¡Doctora!…”, se acerca arrastrando los zapatos regastados de uso, que no de antiguo, de caminar y caminar, hasta el hartazgo, por las sendas de la vida, sonriendo a medias, resignada ante las vicisitudes, y a medio paso se detiene, mientras yo busco en las profundidades del gran bolsón de supervivencia las llaves de la consulta. Me mira complacida, complaciente. Y yo respondo cordial con un buenos días con nombre propio, porque ya empiezo a conocerles, y reconocerles. Abro y enciendo la luz de neón hasta que se filtre el ya casi verano por las ventanas altas que custodian el patio de colegio vecino, invitándole a entrar. Ella se detiene en el umbral, sin intención de irrumpir o molestar, con la conciencia que infunde el respeto, con la sabia actitud de los antiguos ante el saber. Adivinándola me acerco y le pregunto por Donato. Ella recoge mis manos entre sus palmas y las acerca, las acaricia y aprieta. Murmura “gracias” con los ojos empañados, “…está ingresado en la quinta de Trauma…le están estudiando la anemia que usted dijo…gracias…”
(Llegó la analítica hacía una semana, miércoles a última hora y llamamos al domicilio para que viniese, con una interconsulta preparada para derivarle a la urgencia. Pero aquel día tenía guardia en el semisótano de la general y le dije que me buscara, le escribí en mayúsculas mi nombre y la Sala 1 como reseña para que preguntaran por mí, yo me encargaría de que no hubiese problemas…porque todos son reticentes a franquear esa urgencia…)
Aguanta el aliento y las lágrimas, porque seguro no es la primera vez que la mujer fuerte afrontó tragedia. Sonríe y agradece, dos, tres veces. Yo respondo que no las merece, que es mi trabajo, nuestro trabajo. Ella niega en rotundo manteniendo los labios sellados y arqueados, como un paréntesis invertido. Y los dos diálogos paralelos se mantienen, porque ambas sabemos que cumplimos con lo debido. Hasta que ella interrumpe los circunloquios “…no todos son como usted…” Yo me encojo de hombros, cabeza inclinada en señal de ignorancia, arguyendo “no me hable de usted…”
Lo que es el deber se confunde y pierde de tal modo que llega a convertirse en una excepción…¡qué lástima!…
2 respuestas hasta el momento ↓
maria // Junio 20, 2008 en 9:52 pm
afortunadamente aun existen exceopciones, si no la esperanza de cambiar las cosas se desvaneceria…
Penas y alegrías « Rqgb´s point of view // Agosto 28, 2008 en 9:44 pm
[...] Jesús, no tenía por qué…”, le repito de nuevo. “Quería darle las gracias por Donato…pero no la entretengo, que tiene usted mucho trabajo hoy”. Asiento y desisto de luchar [...]
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