Una pestaña de luna en el Oeste hace las veces de estrella polar al volante, y a cada kilómetro me sorprenden puñados de luces pequeñas, moteando desde la costa al interior a modo de guirnalda, coronando los pueblecitos de mi Sur abandonado…
Y, poco a poco, la paz de estar en casa me sobrecoge; descalza recorro a tientas las baldosas de barro que tanto han soportado, me escondo en la terraza a escuchar las estrellas, pero el concierto de grillos las acuna y apenas rechistan, la dama, el jazmín, las suizas expectantes, el boje impasible, los rosales y naranjos hacen de testigos mudos del paraíso que se escribe con “K”…
Sólo ahora sé cuánto necesitaba volver…