Era, azul y blanco. Era y es. Azul y blanco, de los colores del cielo lleno de nubes, pero más intenso. Más azul, más blanco. Durante años fue el baúl de los juguetes, generación tras generación, de hermano a hermano, hasta que la infancia no tuvo lugar, y la adolescencia lo llenó de cartas, recortes de periódicos, diarios de experiencias, de sensaciones, de citas de autores, de postales de lejos…y los años lo fueron cerrando, terminando de ordenar las nostalgias.
Apenas faltan tres meses largos para que nazca la niña de mis ojos, y ya hace tiempo que le pertenece. No como un quehacer más en la interminable lista de preparativos, sino como el legado de ilusión familiar, la única herencia, simbólica, de valores, de imaginación, de alegrías, de ganas de vivir…un baúl azul vacío, con ruedas, para transportarse a cualquier otro mundo de fantasías…
Y las cartas, los recortes, los diarios, las flores secas de los admiradores, los despojos y retales de una década atrás, los embalé cuidadosamente al alba, sin apenas mirar, que el lastre del pasado a veces nos nubla el presente, y a veces no es el momento de desempolvar recuerdos, simplemente hay que dejarlos estar. Por eso, con las primeras luces del día, les hice un hueco en el altillo, donde todo tiene lugar (su lugar).
Ahora, un par de cajas tierra con naftalina próximas al tejado aguardan, para cuando haya algo que contar…