“Las visitas en el trabajo no deben superar los tres minutos de cortesía”-debería ser la premisa para una ley orgánica que velara por el buen hacer comunitario. Pero, en determinadas circunstancias, no es necesario abogar por una legislación que nos regule, porque quien protagoniza la hazaña es plenamente consciente de ello. Así fue, a las nueve y algo más, dos golpes en la puerta de la consulta y una cara afable asomando, que con un simple gesto saludo y pido permiso de un segundo para concluir.
Dos besos y una bandeja de deliciosos pasteles “porque sí”. “Mil gracias…no tenías por qué…que tengas un buen día…” Menos de tres minutos, que los pacientes se violentan y protestan revoltosos; salvo hoy, pues siempre gustan de acontecimientos como tal para tener de qué hablar…y yo, he de reconocerlo, y todos, gustamos de acontecimientos como tales…para la hacer la vida más dulce (en todos los sentidos)