La visita

Apenas dormí un par de horas de la novena diagonal que, sumadas a otro par en el tercer piso de la plaza de las aguas, era imposible que aunaran lo suficiente. Aunque no supe decírselo a Stuart, mis compañeros del aula ya sabían leer en las ojeras, y yo había perdido completamente el interés en ocultarlo. Pero en Atocha, a falta de una hora para cruzar la medianoche, el sueño torna de súbito alegría; ¡qué bueno que hayáis venido!

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