Bata

Golpea secamente la puerta de la consulta y entra ipso facto sin mediar respiro con los zuecos de mi tutor y la hoja de entrega. Firmo por orden (P.O.) y los guardo en el suelo de la taquilla bien ordenados siguiendo el rito obsesivo de los de la mayoría de profesión. Pregunta si “yo también”. Y a respuesta afirmativa desaparece como por encanto. Milésimas de segundo y vuelve a interrumpir la consulta. El mismo paciente resopla fastidiado. “Usted no tiene zuecos doctora, lo siento, sólo bata”- arguye en un español afectado, porque emigró y el estigma de haber vivido años ha en un país extranjero, sirviendo a unos reputados señores, lo pavonea a gala siempre que se tercia. “No importa”, respondo escueta para poder seguir la entrevista y no dañar la línea de comunicación médico-paciente. Insiste y reitera su discurso. Procuro no entrar, ni siquiera contribuir con monosílabos para no prolongar el “ruido”, como decían en aquel curso que hicimos. Pero las declinaciones cervicales eran insuficientes, hasta que preguntó: “¿Es la primera vez que lo solicita?” , entonces ese mínimo gesto fue eficaz, acompañado de una gran sonrisa, para auxiliar y paciente, partícipes del estreno. “Sí, es mi primera bata de primaria, tres años después…nunca es tarde”

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