Café

Las siete de la mañana es la hora estándar a la que se inauguran la mayoría de las rutinas. Apago el despertador a ojos cerrados y como una autómata me despierto buscando las gafas para enfocar con prudencia la realidad, "tengo guardia"-me repito en voz baja varias veces para vencer la fuerza de la gravedad y poder despegarme de las sábanas, sin dejarme abatir por el cansancio, por el agobio, por el trabajo, por el múltiplo de los múltiples quehaceres, por las ausencias, por las nostalgias, por…sin dejarme abatir, que apenas acaba de empezar el día. Y con agua bien fría arrastro las pesadillas de las pestañas y recojo los rizos revueltos de la nuca. Cinco pasos y medio, buscando la cocina intuitivamente. Radio y café, porque un buen café hace que todo sea más llevadero. Pero tampoco a mí me queda en el recipiente hermético …sonrío a las coincidencias matutinas, a los pequeños detalles que nos hacen sentir un poco menos solos en este vasto mundo…

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