La historia de Flora

Lleva varios días con un catarro que no termina de curar, se queja, y a modo de acompañamiento tose un par de veces para demostrar que no nos engaña. Una tos seca, escasamente productiva, que retumba en la caja torácica como si del gong de salida se tratase. “Pase un momentito que la ausculto“, le digo mientras ella se defiende con el “…si no es nada, déme un jarabe que esto se me quita, que no se me ha bajado al pecho, se lo digo yo, que no es nada doctora…“. Le afirmo siguiendo su discurso con verticalidades de testa, pero no concedo el beneplácito de la duda. Y la exploración lo confirma. Entonces, también ella cede: “…anoche parece que tenía algo de fiebre…“, como si fuese un pecado capital, con la cabeza inclinada y sin apenas despegar los labios. “¿Se puso el termómetro Flora?, ¿cuánto tenía?…“, porque la entrevista clínica a veces parece más un interrogatorio policial que un fluir de comunicación, en esa vana resistencia a no querer enfermar, como si de nosotros dependiera a veces…”39ºC“-confiesa. Petición de radiografía urgente en José Marvá y pauta de Amoxi-clavulánico a dosis recomendadas, como si de una NAC se tratase. 

Regresa al día siguiente, algo mejor. Pero la “placa” no apoya la sospecha diagnóstica. Se la pido para consultarla con los compañeros, porque ese día tengo guardia hospitalaria. Y ella accede encantada, por una parte; temerosa, por otra. La guardia se complica y no es hasta que se inicia el saliente cuando puedo iniciar la ruta de las interconsultas. Los radiólogos, tras varios intentos, consigo localizarlos y me informan de un infiltrado bilateral de características lobares segmentarias, probablemente atípico; y sugieren nueva placa de control en 10-15 días. Pasillos allá, me afano buscando la consulta rápida de interna que pusiera en funcionamiento nuestro querido ex-Jefe de Residentes, para comprobar si ya se inició el nuevo servicio de interconsulta Interna-Primaria. “Aún no…“, pero en breve estaría disponible. Por eso le cuento el caso. Me deja una petición del panel de neumonías, un consejo “…mejor Levo“, y si acaso empeorase, la posibilidad de volver a comentarla. (Eso pensaba, en idéntico orden, pero nosotros estamos bien limitados). Y de allí a atención al paciente, a admisión, a atención al paciente de nuevo…en busca de una pegatinas identificativas, para que la paciente no se moleste y poder cursar la analítica mañana sin demora, porque es fácil perderse en mitad de ese imperio sanitario que funciona admirablemente dentro de ese caos ordenado…

Y, dentro de ese estatus del saliente, seguí sin determe…Parque Norte caminando al centro. Flora espera en el banco. Le entrego el sobre con las radiografías -no las pierda, guárdelas bien- y las nuevas directrices. Subo al curso de Refworks y me debato entre la inconsciencia y la necesidad imperiosa de ese aprendizaje.

A la semana, el control de imagen nos desarma. La clínica se debate en la cuerda floja, sus síntomas mejoraron subjetivamente, sus signos no. Intento contactar con ese maravilloso servicio de consulta que han creado, pero no lo consigo. Así que iniciamos doble antibioterapia, constatamos que tiene cita con el neumólogo en una semana y quedamos en que la llamaré con lo que decidamos conjuntamente. Llamo a Fernando en el curso de la jornada y cuando contactamos, le refresco el caso: la analítica dio negativa, las placas, los síntomas…”Dile que venga esta tarde, estoy de guardia, sobre las seis, en la UCE“. Triunfante regreso, porque ya está todo encauzado, porque hemos actuado correctamente, porque así sí funcionan las cosas…pero al llamar a Flora, nadie coge el teléfono…

No es hasta pasadas las tres y media, cuando consigo que alguien descuelgue. Es ella. Se asusta, se angustia, se agobia…y me cuesta hacer simplemente que me oiga: “Le dejé un sobre con su historial en el Centro de Salud…pregunte por este Doctor…anote mi móvil por si tiene algún problema…” A las seis, repetí varias veces, las seis. Y corrí hacia Manzanares, para no faltar a la guardia rural…

Pero no fue mi día de suerte…ni allí, ni al teléfono; que sonó a las cuatro y media: su nuera preocupada, ya estaban allí. Y a las cinco y media, enfadadísima cual energúmena familiar en su derecho de protesta, porque llevaba tres horas esperando y nadie les hacía caso, nadie conocía a ese doctor, ni siquiera en atención al paciente…y la conjunción de factores hizo brotar la rabia, supongo; porque les dije a las seis, porque le están haciendo un favor, porque nos hemos comprometido con un compañero, porque la educación brilla por su ausencia, porque el respecto escasea y opinar, desgraciadamente, sigue siendo gratis…

Dos horas más tarde, me llamó el increíble y encantador Dr. Montoya. Flora estaba ingresada en la UCE, la habían valorado conjuntamente con un neumólogo, que también fue erre mayor mío, y que, por casualidad, pasaba por allí. Le harán un TAC esta semana. Total, tres especialistas en un mismo día (Su médico de familia, el internista y el neumólogo), ahorrándose (ella) además el paso por la urgencia para tramitar el ingreso. Dudo que ningún recomendado haya sido tratado con la celeridad de esta paciente, que se le hayan brindado más facilidades ni mejores cuidados, pero la reacción da que pensar…¿todo es fruto de la incapacidad de la gente para manejar la angustia y la incertidumbre, el único modo de liberar la tensión?, ¿o es sólo fruto del esgoísmo humano?

Hacemos y luchamos por la medicina que creemos, aunque tropecemos a diario con la mezquindad humana y el desencanto, porque no entendemos otra forma…a pesar de todo…

Y si volviese a suceder, sé que volvería a proceder de idéntica forma (a pesar de todo)

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3 respuestas a La historia de Flora

  1. Consejo dijo:

    Te implicas demasiado.Excelente por ti y por tus pacientes. Tal vez sea más gratificante, pero también es más desgaste. Espero que no te quemes. Es mejor mantener un equilibrio, llegar sólo hasta donde están tus límites, así funciona el sistema, cada cual q haga su parte. Pero bueno, oye, ánimo, tal vez debamos aprender un poco de tu entusiasmo, dejarnos contagiar (no nos vendría mal)

  2. s dijo:

    El otro día llegamos a la conclusión… “la gente cuando no tiene nada que decir… se queja”… la gente requiere atención continuamente, y necesita el cuidado para sentirse aliviados de su enfermedad… llegado un punto la necesidad de atención es mayor que la necesidad de curación, y suele ir en relación inversa a la complejidad del proceso… Eso mismo que ocurre en el enfermo es aplicable a cualquier situación de la vida… el hombre es un lobo para el hombre… y exigente que no veas (añadiría yo)

    Sigue así, implícate al máximo en todo lo que crees… trabaja mucho (que es lo que te gusta)… sólo con una condición… que no sufras ni el más mínimo resquemor por haberlo hecho…

  3. maria dijo:

    A veces creo que es su egoismo, otras el miedo…La mayoría creo que es el desconocimiento…Intento no perder la esperanza de que los pacientes se dan cuenta de los privilegios que les damos…La mayoría de los días llego a casa con la certeza de que no lo aprecian…Pero me duermo tranquila sabiendo que hacemos las cosas de la manera más beneficiosa para ellos…Aunque no sepan apreciarlo…

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