Año Nuevo

La última noche tuvo de especial compartirla con ellos, cena exquisita a dos con mi alma gemela, brindando con el reserva olvidado del maletero y una sorprendente serenidad para celebrar sin desgarro ni aspavientos la entrada y salida de un año im-(y)-par, con la dulce melancolía de los buenos momentos y el suave amargor de los no tanto, que dejan un gusto agridulce en la bóveda del paladar al degustar el último trago…

Pero si he de elegir, prefiero estrenar el día primero, con los acordes de fondo del Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena, observando de reojo como acaricia los compases (hoy Barenboim) el director y recordando posiblemente otros tantos momentos, para completar ese fenómeno espontáneo de reflexión navideña, que concluye con otro de los adorados “clásicos”, M. Vicent:

“...la vida es como un concierto de Mozart en que las malas noticias hay que recibirlas en el interludio. Cualquier golpe duro en ese momento puede ser diluido en la memoria con el movimiento más excelso de la partitura que has oído y después quedará la segunda parte para que un solo de clarinete te haga olvidar por un instante cualquier desgracia.

Y, así, diluyendo en la memoria, comenzamos de nuevo…

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