(Del anecdotario)

Puntualmente acude, llamémosle Juan, a su cita mensual; “hoy sólo vengo por provisiones” se anticipa. Pero la visita se extiende por otros derroteros…

Usted no puede entenderlo porque es demasiado joven…“-me sentencia, “…no puede entender este dolor porque nunca ha tenido dolor…” y mantiene desafiante la mirada, a la expectativa, como un depredador acechando a su jugosa presa, seguro y sabedor de que caerá en sus fauces…

Y yo mantengo la suya, recordando ese victimismo histriónico del que hablaba Wittgenstein: “¡Prúebese una vez a dudar de la angustia o del dolor de otro!“, pero ésta es a la inversa, del paciente al médico. Le contemplo: Herido, dolido, magullado, iracundo…sin querer mostrarlo, ocultando lo que no puede esconderse. Le suspiro mientras restriego el párpado izquierdo bajo la montura. Sigue agazapado, alerta.

Me pregunto si me pone a prueba, si me increpa esperando realmente obtener una respuesta concreta o sólo lo hace por mero divertimento, porque no entiende otra forma de comunicarse que no sea provocadora o polémica. Y al hilo de ello respondo: “…seguro que ha oído mil veces en los deportes que nunca debe subestimarse al adversario, ¿verdad?

(Sonríe triunfante y suspicaz. Cualquier respuesta es válida. O es lo que hace entender…porque unas le satisfacen más que otras, es obvio y confeso)

“No soy tan joven…” (que “el divino tesoro” en ocasiones es más lastre que ventaja, aunque se sobrelleve y se lidie), vuelvo a repetir. “Y aunque lo fuera, la juventud no me exime de no entenderle. Me dedico a ello, Juan, a comprenderles, a intuirles, a desvelarles…conozco bien el ser humano, lo he estudiado en profundidad. Entiendo su dolor mucho mejor de lo que usted cree. Si me dedicara a fabricar coches, conocería las piezas del motor, pero me ocupo de las personas. Aunque no se lo imagine, yo también he pasado por ahí, y le digo “también he pasado“, no le digo “además he pasado por ahí“, porque el que haya experimentado o no esa sensación, no condiciona el que le entienda, que logre descifrar la magnitud de su dolor…”

Él asiente. Y yo. De mudo y tácito acuerdo, tablas sobre el ajedrez.

Pero antes de partir, la conciencia le traiciona y verbaliza. Se arrepiente de haber excedido los límites e intenta sondear, como diría Thomas Mann, con “sed de realidad“. Pero el mundo interior es infranqueable, aunque haya quien no pueda evitar preguntar…

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