Manzanares el Real

Apenas rozan las cinco de la tarde, que amenaza con un cielo gris indefinido. Aparco frente a la Sierra impávida y saco apresuradamente el equipo del maletero. Mientras bajo por la acera, tiritando los huesos al frío que no terminan de acostumbrarse, saludo a Óscar, el enfermero que tanto me ha enseñado en el SAR de Manzanares, con un abrazo y la alegría infinita de saber que sólo por compartir la guardia con él, todo cambia; y me disculpo por las molestias de aquella noche, cuando a la hora cenicienta, aún seguía su Cris resolviéndome dudas al teléfono…

Para mi grata sorpresa, dentro el intenso ajetreo lo vadea Carlos con destreza. “¡Por fin coincidimos!”-le confieso, que sí, que yo soy la “otra Raquel” (somos dos R4 las que compartimos nominativo). Me cambio rápidamente y cuando me dispongo a entrar en juego, me detiene en seco: “No, tú eres residente, estás aquí para aprender, así que deja el informe y explora…“- dice tajante señalándome al paciente que contempla la escena sin saber muy bien a qué atenerse. 

Sonrío y asiento, nada que ver con otras guardias

Lo dicho, la tarde promete y según dicen todos “va a nevar”, aunque las predicciones no acompañen…”de tanto ver y ver uno se acostumbra a entender“- como acaba de decirnos un paciente. Así que, seguro acabamos bailando sobre la lluvia blanca…

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