Dreams XXVIII

Nevaba ajeno, entre rachas de viento y granizo despiadados, nevaba dulce. Los pies se hundían y resbalaban por una ruta desconocida, en un lugar recóndito, en los límites del reino. Los copos casi transparentes, acariciaban las mejillas y se posaban traviesamente en las pestañas. Sólo se respiraba el frío del silencio y el rumor del agua. Y escucharse, los latidos rítmicos del músculo sagrado.

Al llegar al sitio donde lloran las montañas, desperté. Antes de quedarme sin palabras…

Giro de sábanas. Las manecillas marcan la hora imprecisa entre los cuadros de rubric que se enlazan como por inercia en mi muñeca. Alguna sirena sin Ulises surca la madrugada. Algún vecino inquieto se exaspera. Cierro los ojos y me dejo acunar por la certeza y recorrer por el escalofrío: No ha sido un sueño, es un lugar idílico al que se puede volver siempre que plazca.

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