Pueblos perdidos

rural2El sexto día comenzó de otra mano, aunque igualmente madrugué para escapar de la jungla de asfalto y amanecer en ruta, dejar vagar el pensamiento hasta la salida 72, con las noticias agrias de fondo, y aparcar junto al pantano, inaugurar el centro con mi juego de llaves confiado (mientras los compañeros de la guardia dormitan en el piso de abajo), desplegar las anotaciones de la moleskine verde, compañera y confesora de este retiro de rotación rural, repasarlas y aguardar impaciente a que otra vuelta de cerradura me devolviera el tarareo del entusiasmo médico…

Ella apareció poco después. Plena de vida como siempre, dos-besos-medio-abrazo-cariñoso y un consejo: “Hoy abre bien los ojos…”, antes de partir.

Sus primeras premisas fueron claras, concisas, fiel a los prototipos de la gente alegre del Norte: 

  • El paciente nunca es un enemigo.
  • El paciente siempre tiene razón.
  • No tengo horarios. Y esto es muy importante, nunca debes tener prisa.

El concepto de los dos primeros puntos se solapaba y lo había asimilado desde que llegué a Buitrago, pero no dejaba de contrastar con la percepción que transmitían muchos médicos en la ciudad. “Aquí el paciente no viene a engañarte, si te dice algo, tienes que hacerle caso porque lo más probable es que lo esté infravalorando, aquí la gente es muy dura…pero son buenos, créeme, ya verás qué diferencia…“-me decía de camino, mientras nos adentrábamos aún más en la naturaleza exultante. 

La diferencia era. Es. Pero no tanta, porque soy de pueblo, y sé que la vida se enfoca de otra manera, se vive de otra manera, se siente de otra manera. Y no me avergüenza decirlo, me siento orgullosa de tenerlo, mi pueblo, mi terruño, mi tierra, mis raíces, mis tradiciones, mis fiestas de guardar, mis platos típicos, mis expresiones…pero cada pueblo es un mundo. Algo deben tener en común, no sólo la elegancia natural de los viejos del lugar, la resignación, la aceptación de la enfermedad como un proceso vital más, la muerte como amiga y compañera de viaje, la relatividad de la existencia, las prioridades, las lunas, las épocas del año (el tiempo de los resfriados como el tiempo de los tomates, por ejemplo), el respeto al médico, al maestro, al juez, al alcalde…algo deben tener, porque en esta lejanía me siento un poco más en casa…

Entre el sexto y el séptimo día, atravesé Aoslos, Horcajo, Montejo, La Hiruela, Bocígano, Cardoso, Corralejo, Prádena…5 habitantes, 2 vecinos, 50 ó 70 como mucho, o más vacas que personas, aislados, solos o como si fuesen una sola familia, con la Sierra imponente de fondo, las nieves aún por derretir, los silencios ensordecedores y una paz inmensa…

Y, lo más asombroso, me pagan por ello, por disfrutar de esto: la profesión más bella del mundo en un paraje increíble, donde la medicina tiene otro sentido…

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Una respuesta a Pueblos perdidos

  1. pablo dijo:

    Gracias por escribir…

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