Cortos (VI)

No es pecado no querer volver“- le dijo el señor octogenario del asiento contiguo, dorado por un sol implacable, estirando el teclado de su sonrisa como un acordeón, mejillas escondidas entre los surcos profundos del fuelle.

Ella sonrió sin contestar mientras dejaba caer todo el peso de la cabeza contra la ventanilla, suponiendo que, algún día, acabaría llegando

Las puertas se cerraron un par de minutos después y el tren inició sus traqueteo hasta salir de la estación y alcanzar un ritmo frenético hacia la capital. No volvieron a dirigirse la palabra.

Al llegar, él le despidió igual de cortés con una mueca acompañada de un “¡Suerte!“. Ella asintió sin pronunciarse en una especie de alivio, pensando en que hoy sí vendría alguien a recogerle…

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