El precio de la distancia

Cuesta intuir, descifrar los síntomas en la distancia, calibrar gravedades y hacer un diagnóstico diferencial, descontar las horas, los minutos, los segundos…eternos…

Y en ese frágil cristal que estalla, la salud quebrantada, el hilo conductor, el dolor sordo de quienes más nos importan sumergidos en lo más profundo de nuestro campo de batalla, otro caos de urgencia, infinitamente peor que la que me pertenece, (¿quién lo diría, que mi SS resurge en la comparación como un gran equipo que funciona?), ahora valoro lo propio, en la que un día me gesté y sin embargo, no encuentro ni un resquicio de alguien que responda “a una compañera que llama preguntando por un familiar…” porque posiblemente no somos compañeros, es lo que se me ocurre pensar en esta hipocresía a tiempo real, ¿nos importa más la legalidad que los sentimientos, que el paciente, que la incertidumbre consumiéndose en los kilómetros de más…?, ¿dónde quedó la humanidad de la que nos jactamos?, ¿no es una de nuestras premisas fundamentales “aliviar”? Pues, a veces, parece que ni al paciente ni a los familiares…

He estado más de una vez en la otra esfera, en el equipo contrario, la sala de espera, en el silencio expectante, más de lo que hubiese querido…por eso, supongo, por la empatía, por las experiencias personales, por el deseo de tranquilizar…por lo que sea,  he respondido más de una vez a la angustia al teléfono, he informado sin tener que hacerlo, a deshora, he dejado mi móvil personal, he arriesgado la piel por calmar otra encrespada, incluso recuerdo anécdotas varias, como aquella noche que hablé con un cardiólogo alemán que llamó interesándose por su paciente desde el frío Berlín un domingo de invierno austero, compartiendo sus impresiones en un correcto inglés…¿es algo personal, una forma individual de practicar o es realmente parte de nuestro deber como médicos, porque los enfermos no son entes aislados y perdidos en el seno de la humanidad, sino parte de algo más…?

No espero la misma respuesta, que aunque haberlas haylas, no abundan, simplemente actúo como me dictan mis principios, mis cánones, mis ideas…pero cuando la acción nos salpica y engloba, aunque sepamos cómo funciona “el sistema“, secretamente aguardamos un mínimo de cortesía, no ya (siquiera) el milagro de la comprensión…

Menos mal que, la vida, en su paso implacable de días engarzados, nos va tejiendo una red infinita de amigos, increíbles y maravillosos, que no dudan un instante en dejar lo que tengan entre manos (consulta, pacientes, citas…lo que fuere), para salir corriendo y hacer de nuestros ojos, de nuestras manos, de nuestra intuición, de nuestro afán, de nuestro raciocinio médico, de verdaderos lazarillos en la distancia…

Gracias, mis queridos amigos, gracias por estar ahí…

Esta entrada fue publicada en Amigos, Ciudades, Comentarios de la realidad, Family, Otro enfoque de la medicina. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a El precio de la distancia

  1. mariuca dijo:

    Menos mal que está esa red, gracias a ellos… y a ti que los has ido cuidando y coleccionando como tesoros.

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