Caso clínico (III)

MC: Diarrea. AP: Paciente hipertenso, de setenta y poco años de edad, sin intervenciones quirúrgicas y en tratamiento con un fármaco antihipertensivo cuyo nombre no alcanza a recordar. Situación Basal: Excelente independencia para las actividades básicas de la vida diaria. EA: Hace 48 horas consulta en un servicio de urgencias hospitalarias, por un cuadro de fiebre, presumiblemente mayor de 38º, malestar general y tos. Exploración física, analítica anodinas y radiografía de tórax semejante, es dado de alta con las recomendaciones generales más una prescripción de Oseltamivir 1 comprimido cada 12 horas, por factores de riesgo asociados (¿cuáles, no dejo de preguntarme?). Regresa al día siguiente con una intensa diarrea y una hipopotasemia grave…

El paciente debe ingresar, por la hipopotasemia, que 48 horas antes no presentaba, así que induce a pensar que la diarrea ha empezado a hacer estragos, y por ésta misma (la diarrea), ¿probable(segura)mente secundaria al tratamiento antiviral?, no por su sospecha de Gripe A tratada pero, según protocolos, ante sospecha de la misma en todo paciente que requiera ingreso, debe aislarse y realizarse el test.

¿Y si da negativo?, ¿se considerará ese margen de 10-30% de falsos negativos?, ¿o se le retirará el tratamiento, porque carece de factores de riesgo, y se le dará de alta, regresando a casa el paciente, donde es posible que la diarrea mengüe? Porque si diera positivo, ¿se plantearían retirar el tratamiento, una vez repuesto el potasio-fuente-de-vida?

Solicito una sala (en el filtro) para ingresar al paciente y un aislado, comentando el caso con la adjunta que se encargará de él en el segundo supuesto y la residente (la misma que hace un par de días me reprimiera), en el primero. Termino de anotar las indicaciones del tratamiento y dejo constancia de mi árbol de decisión, explicándoselo al mismo tiempo al “afectado”, con la última adición: “…ya decidirán los compañeros en función de la evolución y los resultados“, para no crear falsas expectativas en el paciente, consciente de que todo puede cambiar de un súbito instante a otro, consciente de que mis impresiones pueden no coincidir con las del siguiente o el próximo que lo examine, consciente de que lo revaluarán y como bien reza ese dicho popular resignado: “En los hospitales se sabe cuando uno entra pero no cuando uno sale…” (ni cómo, añaden otros)

José (por ejemplo) escucha atento, tras la mascarilla que sella sus labios y alrededores, privándole de expresión facial, y sus ojuelos negruzcos sólo se encienden al concluir, en los minutos de réplica que secundan el discurso del profesional, al negociar (que por intentarlo nada se pierde): “Verá, doctora, si ya me encuentro mejor, tampoco es para tanto lo de la gripe esta, déjeme ir a casa que para ver desgracias ajenas ya está la televisión, que yo no quiero quedarme ingresado, que si la diarrea es por el cachiflú ese pruebo a dejarlo por si mejoro, para el potasio me como un plátano todos los días y media de la tensión, sabe usted, que es lo que me dice mi médico cuando está bajito y me lo revisan a la semana, palabra, que si no, quién se va a hacer cargo de las plantas y del perro…”

Pero esta vez, no soy parte del trato, a las 15:56 mi turno ha más que concluido hace casi una hora, me agacho hasta alcanzar la perpendicular de su mirada, en el sillón nueve de la consulta 1 y le presiono el antebrazo: “Ahora necesita medicación intravenosa, según cómo evolucione, ya decidirán los compañeros como le dije antes, usted les cuenta lo mismo que a mí aunque yo se lo transmita, ¿de acuerdo? Aquí la mejor medicina es la paciencia, ya lo sabe, pero ésa no se la puedo pautar…” José cabecea comulgando con la evidencia y el “quéselevahacer” y yo me resisto a dejar el trabajo inconcluso, sumida en la frustración profunda, aceptando este ritmo que no incluye ni continuidad ni longitudinalidad, o si sí, un ligero matiz, pero de una forma muy sesgada, aunque dentro de tres días probablemente me entere de qué sucedió al final, no es lo mismo…

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