Stintino

Parada a medio camino de ruta, Alghero – Palau, en pos de La Pelosa, capuccino (obligado) con vistas…

Y la cala inofensiva, torna en fauces que contemplamos en posición privilegiada, sin dar crédito de inmediato, porque en el mar todas las piruetas tienen cabida; pero lo que a priori captó la atención, un extraño chapoteo que comentamos desde la palestra, tornó en ayuda inmediata, porque la nuestra no es una profesión sujeta a horario, ni un deber, es una forma de vida, que no se piensa, se ejecuta instintivamente.

Y atendimos a la ahogada, una paciente sin antecedentes de interés interpretamos, de ochenta y dos años, cuyo hemitórax izquierdo era mar puro, a la auscultación directa, en un italo-español improvisado, que el inglés no es ni mucho menos el lenguaje universal y aún menos en estos lares. Aunque ella se empeñara en irse a casa “bajo su responsabilidad” (frase internacional donde las haya), entre el lamento insistente de que tenían que haberla dejado morir para así irse con su marido fallecido, sin apenas poder moverse, manteniendo la posición lateral de seguridad que habíamos forzado. Otro médico se acerca, francés, para interesarse, a esa semiluna de arena sanitaria improvisada, casi al mismo tiempo que llegan los carabinieris. Y de los tres profesionales al tanto, se dirigen al varón, que aún cuesta aunque no lo parezca, arraigada la predominancia del varón, que ni siquiera participó de la escena y además se mostraba reticente a usar dispositivos adicionales, que termina haciendo las veces de interlocutor con el centro coordinador, entendemos, 118 en Italia, ante nuestro empeño de activar una “ambulanza”. Acto seguido pregunta si nos marchamos, en un correcto inglés que denegamos, porque hasta que no llegue un compañero, en el código de honor-código ético, no se abandona al paciente, entiéndase (sin necesidad de expliación) en todos los idiomas…

Aunque al llegar el médico del pueblo, un cuarto de hora más tarde, con residente incluido (suponemos), acostumbrado a este tipo de lides, imaginamos ante la pasividad e impavidez, espeta un no se preocupen, que esto se reabsorbe, y no hace falta la ambulancia. Educadamente, nos retiramos, francés y españolas (campeones del mundo, ¿no?, frase de cortesía ante la larga espera de los dispositivos sanitarios), con encogimiento de hombros e incredulidad, pero sin pronunciarnos, que no es nuestro terreno y ya hecho el traspaso del paciente, las decisiones no dependen del que se retira, pues ya han sido manifiestas y no puede imponerse el proceder.

Volvemos al capuccino, frío y desespumado, conscientes de que la atención fue la correcta aunque discrepásemos en la resolución, sin intercambiar palabra, pero ambas sabiendo lo que opina la otra parte (definición absoluta de equipo), cuando el inconfundible sonido giratorio de la ambulanza levanta y detiene la mirada nuevamente en esa media luna de playa. Y la satisfacción se instala entre la cámara de fotos y el sambenito de turistas, cuando la camilla la retira en volandas. España 2 – Francia e Italia 0.

Quizás la inexperiencia nos hizo no desestimar la gravedad, quién sabe, quizás el país esté en racha, no sólo en cuestiones deportivas, o quizás, la formación que nos brindaron, aunque el Professor Roland sostenga que estamos pobremente preparados, no sea tan mala como se empeñan en hacernos creer…

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