RELATOS CORTOS

ELLA (MMVII)

La embajada de Marco Polo me devuelve a su reina y estalla el júbilo dormido en mi pecho.
Porque ha vuelto.
Y nadie como ella sabe despertar mi alegría.

La observo pequeña y distraída, algo ajena. Callo las preguntas y las confesiones. Sólo la comparto y disfruto. Al tiempo que me aprendo.

Deja que me cuelgue de tu risa, deja que me empape de tus vidas, deja que llegue un poco más de ti.

Porque te echo de menos, porque no estás y no consigo hallarte. Y te busco sin pretenderlo, sin cesar, sin saberlo. Corro detrás de tus recuerdos suspendidos en el aire de las cuatro paredes de tus sueños…¿Qué será mientras de ti? ¿Qué esconderán tus ojos pardos? Tu euforia y tu cansancio.

“La luna no tiene caminos cuando se llena” -déjame que te cuente mientras caminas, de regreso, déjame que te cuente larguezas…

ELISA (2007)

La primera vez que vi a Elisa era un puro grito, postrada en la cama de su habitación, un pequeño cuarto alegre de estudiante repleto de libros y fotos. La luz de la ventana tamizada a través de los estores color crudo dejaba entrever la esquina donde habíamos aparcado el peugeot del equipo, en el último tramo de calle libertad. Ella apenas se movía, apenas hablaba, apenas respiraba. Cualquier gesto era tan mínimo que de imperceptible pasaba desapercibido. Era como un letargo, como una estatua de sal, dormida con los ojos abiertos, de par en par, de un opaco marrón tierra deslustrado, sin brillo ninguno…hasta que el doctor la llama. Y al pronunciar su nombre, Elisa despierta de un sueño profundo y se ilumina la mirada. Ahora sí contesta, en voz baja, en un murmullo que sólo el alma entiende, sin despegar los labios níveos, sin quebrantar ese silencio empozoñado en la alcoba.
Su madre observa apoyada en el quicio de la puerta, sin atreverse a franquear el umbral, con las lágrimas a flor de piel y respirando bien profundo para mantener la calma, para aferrarse a ella. Atenta al más mínimo deseo de su pequeña. Solícita y presta. El pulxiosímetro sólo marca 78, el dolor paraliza hasta la última fibra de cada intercostal. No crepita, no ventila siquiera. Bajo el pijama de llamativos colores, la piel transparente surcada por tímidas venitas no se deja rozar, pero acepta la vía subcutánea con una arcada de sufrimiento terrible. “Sólo un pinchacito en la tripa, luego te sentirás mejor, cuando pase la medicación”. Y los dedos consumidos se hunden en las sábanas mientras eso sucede, mientras se alcanza ese luego, como si de un bastión al que asirse se tratara, como si sosteniéndose de cualquier resquicio pudiera catapultarse. Como aquel famoso Pappus de Alejandría donde Arquímedes rubricaba la añeja cita “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Pasa un segundo, pasa otro. Y el alivio se apodera del cuerpecito de medio niña medio mujer medio hada medio ninfa.
El mundo no se mueve; se detiene, se contiene en un suspiro y se escapa al espirarlo. Elisa piensa en su nombre, del hebreo, “Dios ha ayudado”. Pero no encuentra a Dios esta mañana, no lo encuentra en sus súplicas ni en sus rezos. Quizás hoy no le importa, porque no lo quiere para ella…si acaso para sus padres, para cuando no esté. Lo sabe, a ciencia cierta, lo sabe. No necesita ni informes ni diagnósticos ni pruebas. Sencillamente lo sabe, mucho antes de que nadie se atreviera incluso a pronunciarlo. El reloj de arena deja caer los últimos granitos, del oro más preciado: la vida. Y ella lo contempla resignada y abatida, nostálgica, triste y dolorida. Aún así, su mente caprichosa juega con el destino y planea próximos quehaceres, futuros frentes abiertos. Beatriz carga el mórfico impresionada por la capacidad de Elisa; quiere ir al concierto de Sabina. ¿Vitalidad? ¿Agallas? ELISA con mayúsculas. 0´5 ml del frasco de 20 en cada jeringuilla de 2cc.
Penosamente vuelvo a cortarme el índice abriendo las ampollas de haloperidol. Y mientras disimulo buscando gasas, la sangre granate tiñe el escritorio, dibujando una forma imprecisa que hubiese hecho temblar a la misma Marnie de Hitchkok, junto a los apuntes de educación infantil perfectamente ordenados. Ella ni se inmuta, permanece levitando sobre el colchón antiescaras con los párpados entornados.
Se me antoja una de aquellas damas de noble linaje esculpidas en la piedra marmórea y con sumo cuidado veneradas en el altar más distante al mayor, con escasa iluminación y un frío glacial que envuelve y entumece los huesos, de un blanco puro y etéreo. Una flor marchita, cogida el día anterior con esmero exquisito por ser la de más extrema belleza y conforme transcurren las horas, languidece y agota su hermosura. “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo viene la muerte tan callando”- recitaría Manrique.
Se despereza y gira la cabeza para acomodarse. El ronroneo del motor del colchón hace las veces de nana. Elisa me mira directamente y escudriña mis pensamientos con cierta curiosidad antes de vencerse al sueño, ya mitigada la angustia y el dolor. Sin porqués. Esbozo una sonrisa y me disculpo: “Siento que te hayan arrebatado el tiempo. Parte de ti me llevo prendada, mujer de Lot”.
Cierra los ojos y siente su nombre. Puede que hoy sea cierto, su Dios le ha ayudado.

PARACENTESIS (2006)

Raquel Gómez Bravo
Residente de Medicina Familiar y Comunitaria del Hospital La Paz (Madrid)
El domicilio de Miguel Ángel Moreno está en un segundo piso, el segundo puerta ocho, sin ascensor. El maletín de Eva ya pesaba a mitad de la calle y en el tercer tramo de escaleras tropezaba sin cesar con las rodillas; en la mano izquierda, el de parecentesis; y en el hombro la maleta roja de avisos.
Al llamar, Victoria abre la puerta con una sonrisa a medias y con el alivio de quien halla consuelo sin palabras, al tiempo que un pequeñajo nos dispara con un rifle de plástico y grita “pum, pum”, arrancando una carcajada espontánea sin pretenderlo. Pasamos, después de sendos besos, al salón. La mesa pulida, limpia y resplandeciente, con la carpeta azul celeste de nuestro equipo como único testigo. Miguel fuma un cigarrillo tranquilamente sentado en el sofá, de espaldas a la puerta y con la mirada perdida en la terraza. “Perdonad que no me levante…Doctor…doctora…”. Sin dilación él le pregunta cómo está, con sinceridad, con aplomo, con interés, con comprensión previa, con dulzura, con una voz grave y alegre inconfundible. Y Miguel responde mirándole directamente a los ojos, sin ningún atisbo de miedo, sin titubear, sin lágrimas: “Cansado”- dice acariciándose la tripa, como si un de un bien preciado se tratase, como si cuidándola con mimo el milagro se produjera. “Cansado”. Sin más palabras, sin más explicaciones. ¿Para qué? Si todo está dicho…
“Bien Miguel, bueno, ahora cuando le saquemos líquido se encontrará mejor… ¿vómitos tiene?…¿y al baño qué tal va?…¿tos?…¿dificultad para respirar?…¿y de ánimo?” Y al pronunciar la pregunta, ésta se queda suspendida en el ambiente, sin respuesta. Entonces Miguel Ángel se queda sólo en Miguel, porque el ángel se escapa por los poros de la piel, marcando los arcos cigomáticos, las sienes, el esternón como quilla que se hunde en el mar de la ascitis…al tiempo que hace honor a su apellido, piel morena cetrina, ictérica hasta las conjuntivas y deja traslucir la presencia imponente de la muerte, siempre ahí, siempre al acecho. Y Miguel sin Ángel da una calada larga y profunda. “Apaga el cigarrillo Miguel”- le protesta a regañadientes su esposa. Pero el Doctor le rescata “No, no hace falta, déjele que se lo termine tranquilamente, luego nos responde. No tenemos prisa”.
En eso que el pequeño Miguelito aparece con una cabeza de gorila todo dientes y un tirachinas, atacando a su padre por la retaguardia. Victoria le persigue, pero el padre la persuade, porque el crío llena de vida la habitación. “Desde que vino el chico, él está más contento…antes se pasaba el día tumbado en el sofá, sin ganas de nada…” Y mientras su madre nos cuenta, el chiquillo agarra la mano de su padre, con toda naturalidad y le pregunta si no quiere jugar, si está cansado… Y el Ángel de Miguel es ahora el que sonríe, dejando ver los incisivos ausentes, otra sonrisa a medias.
La visita es tan íntima, tan cercana que aturde. En el dormitorio, una toalla bien extendida sobre la cama, todo dispuesto para el tratamiento; la banqueta con el recipiente de dos mil cc; una manta por si acaso su marido se indispone durante; las toallas limpias para que el médico se asee. La rutina se inicia como si de un ritual se tratase, la exploración, las constantes, el material…guantes estériles del 8, paño estéril y en voz alta la petición de material: Betadine y gasa, jeringa de 2ml y anestésico local, trócar y goteo dispuesto a modo de drenaje. 5700cc con tensiones mantenidas durante todo el proceso. Paracentesis efectiva. “¿Cómo es el líquido ascítico?”- me pregunta mientras va completando la historia. “Quiloso”. “¿Por qué?”. “Porque pierde proteínas”. “Bien”.
Pero mientras vacío de dos litros en dos litros el recipiente se me olvida decirle cómo huele, dulce y amargo que estremece, se me olvida comentarle que la barriga se desinfla como un globo sin fuerza, dejando de relieve las tumoraciones sembradas en el abdomen, en el cultivo exquisito que nosotros extraemos, se me olvida contarle que ahora es Miguel el que se escapa y el Ángel el que se queda en la alcoba postrado, somnoliento, ajeno y sin importarle que su mujer, mientras, pregunte a hurtadillas si en Houston hay tratamientos efectivos, si el matemático ese que experimenta puede aportarles algo, si…si los milagros existen. Sin importarle, porque él ya lo sabe: son más valiosas las horas que los días, los días que los meses. El doctor responde, con calma, con claridad, con sabiduría, con la paciencia más infinita que pueda existir, la innata. Le alienta a que pregunte, a que no se deje nada dentro de sí al tiempo que la felicita por su buen hacer, por su labor encomiable, la reconforta, la comprende solamente asintiendo y ella lo percibe, la abraza sin tocarla, la alivia; midiendo de reojo las travesuras del último de la estirpe, tres años y poco, danzando por los escasos 40 metros de estancia. Recogemos, guardamos cuidadosamente los instrumentos y, una vez cerciorados de llevarlo todo consigo, partimos. Dos besos, la mano en el antebrazo presionando ligeramente y mirando directamente a los ojos, allá donde quedan los abismos del alma. No hay más que decir. Ya todo está dicho.

105 pesetas (X/MMI)

El gesto mecánico de la muñeca le ofreció la precisa ubicación de las manecillas en el espacio y el tiempo. No premeditó el giro de 180º ( dextrógiro, por supuesto ) ni buscó siquiera, intencionadamente, la información exacta de la hora que fuese. Simplemente se sorprendió de que ya hubiesen llegado las siete; de que fuesen las siete. Y la súbita conciencia de haber dejado pasar la tarde le alteró, ofuscándola en creciente oleada de agitación, que le ascendía desde las últimas falanges del pie. Cuando sintió la punzada opresora en el abdomen esperó la sensación abrasadora de los pulmones y el pálpito intenso del corazón. Inspiró profundamente y se agarró a la mesa. Luego se dejó desplomar en el butacón de estudio. Y lo lamentó. Lamentó ese “echar de menos”. Y la desazón fue tal, que no lo dudó un instante. Llamó. Respondió de lejos una voz familiar y cercana, pero extraña. Extraña de ajena. Y la desazón se hizo entonces insoportable. Abrevió la conversación, hasta reducirla a un cortés “saber de ti no más” evitando posibles rodeos o circunloquios y profundidades, cosa que no le costó en absoluto. 1’07. Apretó la “C” y se desconectó de la realidad. Adoraba ese no localizable excusado por la empresa líder: “Amena información gratuita…” Y se levantó de las 8 horas ininterrumpidas de agotado rendimiento. Sólo llaves y 105 ptas. Lo justo para un mitad no doble, sombra o nube y un cigarrillo. Al llegar a la calle, la altura de las aceras le devolvió la conciencia de lo impreciso del mundo a dos dioptrías: había olvidado las gafas sobre la mesa. Lo agradeció. El contorno difuso de la realidad guardaba perfecta coherencia consigo misma. Necesitaba ese absurdo. El camarero sirvió solícito y sonriente el pequeño café que se desprendía en un suave y penetrante aroma humeante. Por primera vez vertió todo el contenido del sobrecillo azúcar sobre la superficie cremosa y observó cómo cedía. Introdujo la cucharilla y la dejó hacer movimientos circulares mientras acercaba el mechero. U2 volvió a instalarse en sus sienes: “I´m lossing you…” Distraídamente dirigió la mirada hacia la carretera para contener los sentimientos y mantener el tipo ante los ojos curiosos que la medían. Y se sorprendió nuevamente observando la precisión de las manecillas del reloj. Aún eran las siete. Dejó las 105 ptas sobre la mesa y se marchó.

ORL (Año 2000)

Primer toque de queda. In memorian, ruega la cátedra en la tarima un minuto de silencio. Es el grito más profundo y desgarrador este que ensordece. Así se estrena el martes de luto la Medicina. Se concentran en manifiesto de gesto ausente, mirada perdida, confusa la mente. Ni siquiera se piensa. Se calla. Alzándose de uno los minutos en los kilómetros más arbitrarios de la península geográfica. Y deja de ser un hecho aislado o puntual el acto anónimo. Bajo el sumatorio se aúnan o elevan. Único y mísero tributo a la impotencia. Será agria la noticia a cada hora radiada, pese a nuestros oídos inmunes. Será tremenda la imagen que preceda al informativo, aún a los ojos acomodados. Ya poco nos cuesta familiarizar la tragedia: hacer nuestro el nombre apenas pronunciado, su pena y gloria. Fruto del inmediato pasado. Historia en singular o próximo plural cotidiano, pues no habrá quien no comente la presente barbarie -ni las que han de venir- mientras se engrosa el listado de vidas truncadas, desgarradas sin piedad. Si fuese la mano implacable del destino aquella que nos gobierna y tuviésemos certeza de ello, quizá sería más plausible de aceptar. Pero el hombre no tiene potestad sobre el hombre, máxime cuando del latido interno se trata -del orden de 70 al minuto-. Quien priva a otro ser de algo que le pertenece, no merece poseerlo; sin embargo, nadie lo suficientemente capacitado emitirá ese juicio o enjuiciará lo emitido. Humilde aceptación y respeto. Así aseguramos que la generación perpetúe, que la historia de los siglos no sucumba, que los diferentes registros de opinión no nos conduzcan irremisiblemente a la confusión de Babel y del paraíso vuelva a ser el hombre, erigido per se rey y señor, destronado. Vamos por buen camino: víctimas de una sociedad de consumo con principios derruidos. Aún me parece creer en los cimientos intactos y el proyecto de construcción sobre esa base sólida la opción más sensata. ¿Realmente lo es? No imagino qué código ético regirá ese intento de superación y mejora de cara al nuevo siglo, ni si la unificación monetaria que lo sostenga evitará el conflicto de intereses. El bien de la comunidad utópico tan promulgado y relegado en las mismas ocasiones a denominador común de la proclama .Fiel al todo pasa de Heráclito. Poco importa. Tout passe, tout lasse et tout se reemplace. No tiene sentido entonces preocuparse, no ya del decálogo ancestral que auguraba la perfecta conjunción de los mortales, sino del mismo mañana. Tal vez amanezca, tal vez no. No podemos saberlo. Sólo podemos permanecer en este aquí y ahora. Y comprobarlo. Haciendo de la existencia un primum vivere, como decía el hijo del ya conocido doctor alabando a su padre: Lo que él quería era vivir y curar a sus pacientes. Supo elegir sabiamente (Como harían los chamanes intocables de la tribu cuyo don divino sanador del resto distingue.) Dos principios únicos: vivir y dar vida. Hoy amanece Antonio por y para nosotros.

Indecisión-RNE 29/7/99

Nadie espera. No llames. Es en vano. Nadie hay dentro, sólo esa quietud de los vacíos y silencios prolongados

¿Dejar una nota quizá? ¿Un mensaje que dé constancia de tu presencia y no se resuma todo a un gesto en un intento baldío? ¿Y qué decir? Qué palabras entrelazadas articularán aquello que reduzca la expresión de tus actos.

Y, tal vez, bajo unos trazos que ya dejaron de ser inconfundibles, que tal vez no sean reconocidos…¿2? ¿3 líneas?

“Vine,

después de una eternidad.

Regresé. Para tropezar con tu ausencia.”

Apenas las suficientes para condensar el amargo desencuentro y compartir este ahora ajeno

¿Mejor una reseña? ¿o un nombre? ¿una dirección sin más? ¿Un saludo?…Al que nadie responda…

Márchate. Por donde llegaste. Tan sólo desandar lo andado, al tiempo que la duda se gesta en lo que hubiera podido ser y no será…o no quieres que sea.

Desiste de tu empeño y sal al encuentro de la inmensidad de la noche, de ésta noche y no de tantas otras…Deja que la oscuridad te envuelva y enmudezca, hasta que sientas pertenecer a ella…Y aún quedarán tus sueños intactos…tus deseos infinitos…tu ser incompleto…

Detente. Un segundo, no más. ¿Y si aguzas el oído? Tal vez ese rumor…tal vez alguien habite…tal vez …Y si concentras la atención en un punto y mirando fijamente acercas los nudillos, sin que el corazón se desboque ni la respiración palpite en tus sienes. Con decisión. No un golpe seco -delatará tu temor, la turbación-, sino dos. Seguidos. Valor.

Quizá nadie responda, quizá sea cierto -en verdad- que nadie aguarde, que nadie se moleste en atisbar por la mirilla y comprobar que alguien llama…pero si llegaste al umbral, si por alguna razón -aunque absurda fuera- te dirigiste …te encaminaste…si llegaste…que esa inclinación te determine…que ese impulso te arrastre…

Mientras te invade la impotencia a lo desconocido…La proximidad de las sombras se acrecienta. A tus espaldas el día ya abdicó y la noche reina absoluta con tenebroso poderío. Lo que ha de ser será…toc…toc

3 respuestas a RELATOS CORTOS

  1. rocío dijo:

    Me parecen preciosas todas las cosas que escribes, creo que mi amiga Isabel piensa lo mismo, lo de escribir así creemos que lo llevas de tu padre, ¡Ánimo! y estudia mucho. jejeje.

  2. rqgb dijo:

    Lo llevo de ambos…

    Gracias por vuestras palabras…y no dejéis de soñar, nunca. Que nadie os arrebate esa capacidad, conseguiréis lo que os propongáis :)

  3. Muy agradable idea juntar aspectos profesionales, docentes y literarios.
    Quizás te interese el blog de Alberto Infantes, el que fue nuestro jefe (Dir.Gral. de la cosa y un largo etc. antes) que no sabía yo tenía aficiones y aptitudes literarias: http://www.albertoinfante.es
    Un abrazo y felicidades por tu blogs
    Juandepunto

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