Fragmento de verano (R2)

Julio, el mes séptimo, se estrenaba como promesa de grandes acontecimientos y logros. No como el periodo estival de baños de mar salados y sol intenso abrasando la piel y salpicándola de efélides, en el sagrado paréntesis escolar; sino como la continuación de una obra inconclusa, la que habíamos resuelto adoptar como medio de vida y ésa no permitía el lujo de unas vacaciones. La residencia había resultado ser muy distinta a como la habíamos concebido en un principio, en la mayoría de los aspectos. “Niños que juegan a ser médicos”- gustaba decir una compañera, distanciándose de la realidad, como si a ella no le perteneciera, con ese punto de soberbia del que se cree superior y ajeno. Pero muy lejos quedaba todo de ser un mero divertimento; puertas adentro, un compromiso desorbitado; puertas afuera, la inconsciencia de los veinte y pocos. Extraña combinación.

Viernes catorce, primera guardia de filtro. No asignada, por cierto, pero cambiada con la única persona con la que siempre se podía contar, mi incondicional Cristina, mi Cris, para pasar más tiempo con él. A cambio, un doblete de filtros, viernes domingo sin tregua. Lo que se hace por amor, por muy fugaz que sea, y lo que éste hace por nosotros, de forma irracional y absurda. Y, lo que es peor de todo, sin pensar, sin meditar, sin suponer consecuencias siquiera. Sin preverlas.

Primero fue una enfermera bien tímida y callada, cuyo nombre no consigo recordar, luego Andrea, divertida y encantadora, las que me acompañaron. Nervios a flor de piel, pijama verde favorito y fonendo colgando a modo de yugo, cercándome el cuello. Demasiada responsabilidad, se me antojó al principio; algo irónico, sin embargo, teniendo en cuenta todas las horas de guardia acumuladas, ¿atesoradas?, durante el primer año, todos los agobios, todas las soledades, todas las incertidumbres y todo el miedo de la inexperiencia. Toda esa cargazón pesando sobre los hombros. Curtida por necesidad, aprendiendo a base de golpes. Todo un Manual de supervivencia. Decía Pasteur que la suerte favorece a las mentes preparadas y quizás algo parecido ocurra en esta urgencia, se me antoja pensar cada vez que franqueo su umbral. Amén. Ojalá así sea. Por eso, después, supongo, todo transcurrió como siempre, por inercia, porque así funciona el semisótano, con vida propia.

Recuerdo la noticia del invierno pasado, un titular perdido en las hojas de mi País favorito: “El sindicato CC OO denunció ayer que las urgencias del hospital La Paz han rebasado ampliamente los límites de saturación alcanzando un nivel de un 174%. La central sindical afirmó que a las 13.30, 67 enfermos estaban pendientes de ingreso, “pero sin esperanzas de poder ser ubicados ni tampoco ser trasladados como en otras ocasiones al hospital de Cantoblanco”. Este centro tiene todas las camas cubiertas. CC OO afirmó que había 24 camas en los pasillos, que los boxes estaban completos y que uno de ellos estaba saturado con cinco camas cruzadas de más y con ocho sillas ocupadas por enfermos. El sindicato denunció “la creciente situación de colapso en las urgencias de este hospital”. La Paz negó que las urgencias se encuentren colapsadas y que algunas de las camas para estos ingresos sean ocupadas por pacientes de la lista de espera quirúrgica, como denunció CC OO. Según el hospital, las urgencias no están colapsadas, aunque el promedio diario de demandas de este mes supera en un 13% al de hace un año.”- Cuando la leí entonces, sonreí al atrevimiento de quien escribía. Nightingale declamaba: “Puede resultar sorprendente que lo primero que haya que pedirle a un hospital es que no cause ningún daño”. Impone. La urgencia impone. Ésa es la palabra. En presente. O, mejor, en atemporal, si es que pudiera conjugarse el verbo en ese tiempo, si existiese. No es necesario afirmar ni desmentir, basta con presenciar para dotar de credibilidad. El caos, el imponente caos reina y, a pesar de todo, funciona; quizás porque lo conforman seres “extrahumanos”, con una capacidad ilimitada. “Prohombres”.

De frente, la puerta metálica se abría sin cesar, paciente tras paciente, acompañados, familia o amigos, o solos. Qué le ocurre, por qué viene…diferentes versiones de codificación del MC (motivo de consulta), la triada clásica: qué le pasa, desde cuando y a qué lo atribuye. Expresado bien claro y en pocas palabras, en las del que lo padece, sus propios síntomas, de la forma más subjetiva que pueda plasmarse, no en términos médicos, “recuerda Helena, en el motivo de consulta no puedes emitir un juicio diagnóstico”- me increpaba el tutor juzgándome por encima de sus gafas de pasta color miel. Y Helena no puede recordar tanto…tantas cosas a la vez, no puede acelerar más su ritmo de trabajo, no puede abarcar más, porque no llega a todo lo que quisiera…y eso le atormenta. “Tortuguela”- le bromeaba él cariñosamente. Pero él no está, están los quinientos kilómetros de distancia. Y el vacío. Y la ausencia de caricias. Y de besos. Y de todo. Un todo que se consume y a poco se convierte en nada, dejándole insensible, herida en lo más profundo, triste y melancólica. Esto es la mente caprichosa que se desliga de la realidad y vaga por los sentimientos mientras se infla el aparato de la tensión y marca con exquisita precisión sistólica y diastólica. “190/105” “Un capotén oral”- le suplico a la enfermera mientras le explico al paciente “le vamos a dar una pastillita  para bajarle un poco la tensión que la tiene muy alta“. Prosigue el repertorio. “¿Alergia a algún medicamento?”, con el resorte preparado por si acaso la frase se estrena diciendo “estoy tomando…”, para saltar ipso facto con el “no, perdone, le he preguntado si es alérgico a algún medicamento, si alguna medicina le ha sentado mal”, porque ocurre la mayoría de las veces, o no te prestan atención, o no te oyen o la palabra alergia es hipofónica. “¿Alguna enfermedad importante?, ¿algún ingreso en el hospital?, ¿problemas de corazón, de pulmón, de riñón, de circulación…?, ¿le han operado de algo?, ¿edad?, ¿qué medicación toma? “, porque una anamnesis exhaustiva es el mejor principio, o tal vez el único, de una buena praxis. O se hacen las cosas bien o no se hacen…aunque no haya tiempo, aunque se agolpen en hilera los demandantes en la puerta del filtro ante la atenta mirada de las administrativas de ventanilla, aunque se desesperen porque nadie les atiende nada más cruzar el luminoso de letras granates redentoras: URGENCIAS GENERALES.

“Haz tu trabajo lo mejor que puedas, tómate el tiempo necesario, las prisas son malas consejeras, implícate al máximo, toma cada decisión como si de ello dependiera tu vida, sé amable y cordial evitando el exceso para no deteriorar con la confianza el respeto, valora cada caso en su justa medida, a través de sus ojos y no de tu juicio, evita la brusquedad y dirígete a cada quien con un lenguaje acorde a su nivel para que comprenda la envergadura de la enfermedad, la importancia del tratamiento y la adherencia al mismo y, cuando vuelvas a casa, regresa con la conciencia tranquila, una vez concluida la jornada. Yo te observaré en la distancia, calibrando cualquier mínimo gesto, cualquier avance en tus progresos, sabiendo a ciencia cierta que dichoso aquel que caiga en tus manos, que apoye en ti su frente cansada…dichoso aquel que te encuentre. Hallará paz y consuelo, alivio a sus males, serenidad en el alma. Y alegría en su espíritu al sentirte próxima, porque eres la criatura más hermosa que jamás conocí. Un regalo para la humanidad. De exquisita inteligencia, de respuesta pronta y aguda. Completa y única. Y además, médico. Que es lo de menos.”- Me escribió hace años, y aún conservo el papel ajado en la cartera, como escudo protector ante las adversidades de las malditas guardias, ante los desánimos y las desesperanzas, ante las frustraciones. Hubo alguien que vio en mí más de lo que yo supe ver, hubo alguien que creyó en mí…aunque haya pasado mucho tiempo, aún permanece.

De espaldas, la puerta perennemente abierta del pasillo ofrece acceso directo a los más graves, a las camillas, a los moribundos. Con diestra celeridad atiendes a ambos accesos como buenamente puedes, con educación y sonrisas que todo lo consiguen. Sin cesar repites “espere un segundito, por favor, en seguida le atiendo”, carpeta en mano y hoja en blanco de evolución de acá para allá, y de camino, las dudas del R1.

Las horas implacables van pasando. Y el cansancio. Las piernas entumecidas, mientras el trapecio se crece contracturado, las lumbares protestan y los labios se hinchan de puro reseco. Acaso puede que un alma caritativa se acerque y pregunte si necesitas algo, o te obligue a dar un paseo para despejarte o ir al lavabo si no alcanzaste en toda la tarde. O, mejor aún, se presenta con algo que además de paliar tu sed o tu hambre, te devuelve la fe en quienes te rodean…se han acordado de ti. Dátiles y miel para sobrevivir en este desierto.

Otro SAMUR, otro SUMMA. Las mismas caras de todo el turno. “¿Otra vez?, pero…¿qué me traéis?” “¿Qué quieres que te traigamos?” “Pues…no sé, ¿…flores, bombones…?”- dije de pura broma. Y reímos todos, de la ocurrencia, de la misma tontería. “A la Sala 2, gracias chicos” “Adiós” “Adiós”

Partimos. Las dos y media. Hasta las nueve, porque mañana es sábado y se cambia una hora más tarde; entonces de dos y media a nueve van seis horas y media, tres y cuarto para cada uno. Dos y media más tres, cinco y media y un cuarto, seis menos cuarto. “Me bajo a las seis menos cuarto…¿tú preferías quedarte en el primero, verdad?, a mí me da igual, en serio”. “Sí, claro, como todos. Si puedo elegir prefiero irme en el segundo y olvidarme ya. Si no, no importa…”. “No, no importa, me subo yo…no tengo mucho sueño, pero bueno, así luego desayuno con todos. Vale. Bueno. Vuelvo en un rato.” Pero entre que subes y no…una vuelta por las consultas, por si necesitan algo, un paseo por las salas, por si alguien sube, pequeñas paradas con los que vas encontrando…las tres horas y cuarto se quedan en dos y media. O dos, si me apuras. Ya en el ascensor, bolsa de aseo en mano, pulso la novena y cierro los ojos también agotados de tanto ver y mirar. No se hace esperar, rápidamente me vomita a los pasillos vacíos de diez plantas por encima. Silencio absoluto. Ni un alma. Se intuyen las respiraciones contenidas en cada habitación, los sueños redentores, las pesadillas confusas, las fases REM y no REM solapándose de unas literas a otras. La puerta de la habitación de residentes de guardia está entornada y rezuma humanidad. Ni siquiera me molesto en comprobar si hay alguien en la nueve-trece, no me quedan fuerzas; simplemente me dejo caer en la cama vacía que ha quedado en la comuna, como yo le digo cariñosamente a este antro que nos han cedido, y gracias, para dormir o al menos intentarlo; con un pequeño aseo magistralmente dispuesto, dotado de ducha incluso, y un par de literas con medio cuerpo de separación entre ambas, ventanas de par en par con vistas a los tejados internos y a un ápice de cielo bien profundo que no se sabe muy bien a qué punto cardinal obedece.

Recibí el mensaje sobre las tres de la madrugada, aún estaba despierta porque, aunque ya habíamos partido y mi turno desafortunadamente era el primero, si bien de motu proprio, todas las vivencias agolpadas en la retina torturaban la conciencia y el descanso redentor se resistía; “Aquella noche el ángel más travieso tocó tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca. Fue dibujándola como si saliera de su mano, más tarde, despacio y de puntillas, para no despertarte, abandonó tu cuarto. Y se prometió volver a reencontrarte, pero sin alas”, de un número seiscientos y algo no conocido. Y pensé: “o te has equivocado o sólo puedes ser una persona, sólo puedes ser alguien”; sin embargo, no respondí, cerré los ojos bien fuerte, haciendo como el que no ve, como el que no oye, como los marinos de Ulises al bello canto de las sirenas, como el que no siente, procurando no pensar en nada, concentrándome en cómo el aire penetra en los pulmones abrasándolos y se escapa sin el menor esfuerzo en cada exhalación. A las cinco y treinta y cinco de la mañana, saboreando los últimos minutos del decúbito prono antes de concluir el retiro merecido, vibró el móvil dentro del bolsillo del pijama. Lo dejé estar hasta agotar la llamada, sin mirar siquiera quién reclamaba, apretando los párpados, como si los sentidos dependieran unos de otros y al fruncir las pestañas bien pudiera bloquearse el tímpano. No me quedaban fuerzas. Me hundí aún más en la almohada. Luego, me dije. Luego. La alarma me devolvió en sí a las y cuarenta y cinco. A medio a tientas, a medio a ciegas llegué al baño y el agua fría disipó cualquier atisbo de sueño. Arrastrando los pies, desperezándome, llamé al ascensor y me deshice en un suspiro casi sin querer. Pulsé el sensor SS y me dejé impresionar por el déjà vu. Entregué el testigo junto con los buenos deseos “que descanses (lo que puedas, me falto añadir), luego te despierto para desayunar juntas”.

Dos horas más tarde sonó el teléfono, un tímido “bip” del modo “reunión”: “Sí, ¿quién es?”- parca y escueta. Y a la mínima contestación reconocí la voz, la misma voz, grabada a fuego lento en la memoria profunda. “No puedo atenderte ahora, estoy trabajando. Te llamo luego”. “No importa, sólo quería saber de ti…en otro momento”. “En otro momento no va a ser, llevo mucho tiempo sin oírte…en cinco minutos te llamo”. “Muy bien, un beso”. “Adiós”. No hubo después, no hubo cinco minutos más tarde. Todo transcurrió como siempre, con prisas, con exigencias, sin parar…no dejaban de llegar pacientes; uno de los inconvenientes del filtro, todos pasan por tus manos, por tus ojos, por tu intuición…

Y en ese segundo inesperado de calma súbita, en el que abandonas la puerta de entrada y levitas por los pasillos, con la falsa sensación de pasar desapercibida, de poder observar sin ser vista, contemplar sin temor a hallarte descubierta y percibir la magia de la “sanación”, un atisbo de paz, ensimismada en cualquier elucubración o pensamiento espontáneo; en ese segundo que solo a ti pertenece, alguien irrumpe: “¡Traen a uno rojo hiperglucémico!” La reacción es de milésimas, pero ni paciente, ni camilla, ni alma en pena aguarda. “¿Andrea?”- le pregunto inquieta, con la mirada, dónde podría estar el que tan fatigado llegaba. Y de repente los dos chicos de la ambulancia aparecen con una caja de bombones del color más revolucionario, del planeta Marte: Rojo. “¿No querías que te trajésemos otra cosa?”- preguntó con pícara sorna uno de ellos, bastante divertido al comprobar cómo el rubor se crecía en los mofletes ocultando incluso las ojeras. Otro poco de miel hasta alcanzar el oasis, pensé.

El umbral de las nueve inaugura plantilla y el relevo acoge los cansancios del día previo, las anécdotas, las incidencias. La media hora de rigor se escapa, una vez liberados, las manecillas del reloj ahora bailan a otro ritmo, con aligerada cadencia, a otra velocidad muy distinta. Y le concedo ese margen, antes de marcar el número aprendido a fuerza de uso: “Buenos días…Despierta pequeña, son las ocho…te espero abajo” “¿…mmmm?”- Obtuve por toda respuesta, un leve quejido de impotencia, de por qué me llamas si casi acabo de caer agotada en la litera, de no puede ser, de un ratito más…un murmullo sin palabras, ininteligible, pero perfectamente comprensible. “María… vamos a desayunar… Mary…”- insistí algo enérgica- “Voooy…”- protestó saliendo de las telarañas oníricas- “De acuerdo, voy firmando y cambiándome, te espero en el Carmen”- argüí para ir ganando tiempo- “No, no te cambies…ya bajo” “Vale”- acepté sin más dilaciones- “vale”. Salí a la calle, con las manos hundidas en los bolsillos y sin dejar de pensar en el mensaje: “maldita sea…por qué apareces ahora”. La brisa mañanera apartó los últimos mechones de la frente y espabiló las mejillas, “qué más da, ya no necesito ángeles…ni promesas”, cerré los ojos y deseé que mi coerre llegara pronto para librarme de malos pensamientos, para dejarme abrazar y reconocerme vencida por el cansancio, no más (como diría mi Gabo), no más. No se hizo esperar, con la tez pálida y soñolienta, medio despeinada, arrastrando el fonendo que asía de la mano izquierda, pero con una sonrisa victoriosa. “Le he visto” y se encogió de hombros, con esa dulzura que sólo emanaba cuando pronunciaba su nombre, cuando se refería a él. Y un suspiro. Entonces el abrazo fue para ella, no para mí. Y la complicidad.

Tres días más tarde volvió a llamar. “Estoy en París, hago noche aquí y mañana vuelo al Líbano”- fueron las palabras mágicas después del saludo de rigor. ¿Acaso llamas para despedirte?- pensé, aunque la conversación derivó por otros derroteros…como si la última vez que hablásemos hubiese sido ayer y no siglos ha. Con la más absoluta naturalidad. Sin dramas, sin estridencias, sin despedidas; sólo un “cuídate…cuídate mucho”. Y en el fuero interno la plegaria al Dios de las pequeñas cosas para que lo proteja dondequiera que vaya, dondequiera que esté. Como diría el Doctor Lecter, el mundo es más interesante sabiéndote en él.

La vida prosiguió ajena, como siempre sucede, a los grandes titulares. Por muy trascendentales que sean los hechos, por mucho que nos turben y nos vapuleen, el tiempo no se detiene a nuestra merced. Puede que la imagen se congele sólo durante algunos días, pero el pensamiento no te abandona; anda al acecho, te persigue para asaltarte desprevenido en el más mínimo descuido y por sorpresa devolverte una palabra, un sonido, un olor, un fotograma. No te encaprichas, es simplemente como una obsesión latente que macera hasta que logras deshacerte y desprenderte de ella. No volví a pensarle, me hallaba tan inmersa en la vorágine de la rutina que apenas me concedía una tregua. Bastaba sustentar los pilares básicos, el primum vivere deinde philosophari que solían atribuirle a Hobbes. Mi estructura se había simplificado a algo similar: las necesidades vitales, la familia, los amigos y la profesión; aunque no necesariamente en ese orden, tampoco sabía cómo priorizarlos. Lo único cierto es que el corazón perdió el hálito en el camino…y no sólo el mío…

“Desde hace un mes dolor torácico relacionado con el esfuerzo de claras características anginosas con cambios en el ECG actual respecto a previos en forma de isquemia subepicárdica inferior”-dictaminó el afamado internista cuando le reconoció el lunes siguiente a nuestra conversación. La semana anterior, por teléfono: “Hemos salido a dar un paseo…estamos bien…”, “cuéntaselo”-le interrumpe ella animándole. “No es nada…una ligera molestia en la boca del estómago…pero nada, se me pasa cuando tomo algo de leche”- me dice restándole importancia, jovial y cariñoso. “Papá…¿dónde te duele?, ¿cuándo?, ¿siempre cuando caminas, cuando haces algún esfuerzo?”- indago sin traslucir la menor preocupación, pero con una seriedad inusitada. El empeño en “estoy bien, no es nada, no te preocupes” activa el resorte: “Déjame a mí decidir si no tiene importancia”. Sin brusquedad pero con decisión. Ser la menor de cuatro hermanos implicaba aprender a defenderse, a pesar de tener que cargar con el lastre de ser “la pequeña” de por vida. Me sabía erre dos recién estrenada, con las limitaciones y las torpezas que ello implica; pero ya en cuarto de carrera conocía a la perfección la pieza clave del organismo. Inauguré la veintena atendiendo a De Teresa, embelesada en sus clases magistrales: “Introducción a la Insuficiencia Cardiaca”. Recuerdo perfectamente que comenzó la presentación del bloque hablando sobre la importancia del tema, arguyendo que cualquier profesor consideraría también que su parte era la de más merecida relevancia. Para no ser menos, se incluyó en esa pugna; sinceramente, él creía que sí, por supuesto, y lo repetía anualmente, que la cardiología era la pieza fundamental. La salvedad, en su caso, era evidente; él tenía razón. “A ver…pregunta, ¿quién no ha dibujado alguna vez un corazón atravesado por una flecha?, ¿un corazón o un hígado? Son órganos al fin y al cabo, por qué se dice: “¿te quiero con el corazón y no con lo higadillos?”. El estruendo resonaba en toda la clase y la gente respondía con una carcajada espontánea colectiva. Luego exponía el contexto histórico: “Los egipcios embalsamaban y momificaban a sus muertos; pero previamente le extraían todos los órganos, salvo el corazón, pues creían que era ésta la sede del alma. Y los aztecas, al sacrificar al pobre individuo que pasara por allí, reservaban para sus sacerdotes, para los que ofrecían el sacrificio, el corazón. Y el cuerpo lo arrojaban por las escalinatas de sus famosas pirámides, para que el resto del poblado se lo comiera”- nos narraba con un lenguaje fluido, acercándonos, atrayéndonos, embelesándonos. También aludió la célebre expresión proclamada por Marx: “La religión es el opio del pueblo, el corazón de un mundo sin corazón”, con traducción simultánea incluida, para las ovejas descarriadas (llamaba a quien perdía el hilo), para no inducir a error: “En esta cita se utiliza el término corazón con dos acepciones: la primera con el significado de epicentro, y la segunda con el de sentimientos; así: el centro de un mundo sin sentimientos”. Y después comentó la reacción del paciente al conocer si su afección es cardiaca, con múltiples ejemplos, a diferencia de la repuesta que provoca un juicio clínico que expone al hígado como actor principal y único protagonista de la escena: “Su problema es hepático”. “¡Ah! Bueno…”- como si la gravedad fuese menor. Abusando otra vez del hígado, ambos órganos enfrentados. Pero lo que la mente procesa a una velocidad vertiginosa, la boca no articula en palabras. Por eso lo dejamos estar, y la conversación prosigue, apenas cruzamos dos frases más sobre ello y de mutuo, tácito y callado acuerdo, relegamos el asunto para hablar distendidos de otras trivialidades. El último día de la semana, sin embargo, no perdoné. El desayuno ritual del domingo, con el sol tibio de los primeros días de septiembre dorando la mañana, pan recién horneado y periódico, releyendo la placentera columna de Vicent a pequeños sorbos de una taza descomunal de café y leche a partes desiguales. Le busqué con la mirada, no la rehuyó. Sonreí a medias. Hablamos con franqueza, salvando las distancias. Cuesta creer que el retoño de la estirpe se alce, que la torre altiva que todos los vientos resistió halle cisuras por las que el rocío de la noche se filtre. Tecnicismos los mínimos, sin rechazar el argot, pero prefería emplear términos accesibles, comprensibles, cercanos. Crecerse para alcanzar el respeto nunca fue mi premisa. Hay muchas Babeles y un único idioma, el de los ojos que te cuestionan, el de la incertidumbre que compartida aminora su carga, el de la confianza. “Háblame en un lenguaje que entienda mi alma, que el contacto piel con piel nos hace más humanos, nos reconforta”- aprendí hace mucho- “Aquel que se yergue inaccesible será un gran profesional, pero no un buen médico”. Y, ya decía Hipócrates, que “el arte tiene tres factores, la enfermedad, el enfermo y el médico. El médico está al servicio del arte. Y el enfermo debe colaborar con el médico para combatir la enfermedad”. En este caso, los tres puntos se debatían por aceptar los papeles asignados. Ni el enfermo se sentía tal, ni el padecimiento se asumía, ni el facultativo era tenido en cuenta. La mejor opción: Delegar. Con la intranquilidad del que es sabedor de la magnitud, con la serenidad y la prudencia de conseguir mantenerse en un segundo plano. Sólo entonces entendí porque era preferible no tratar a la familia, aunque no podía desprenderme de la sensación angustiosa y martirizante, de la exigencia por todo el gremio conocida: “No me perdonaría fallarle”.

Apenas quince días y con todas las pruebas complementarias a disposición, el quirófano de hemodinámica se vestía de gala para el Doctor Hernández. Aún me sorprende, pero me aceptó como invitada de honor del cateterismo, radioprotegida de plomo, calzas y gorro. El contraste apenas fluía por la coronaria derecha, exponiendo orgullosa una estenosis proximal del 99%. “Enfermedad de un vaso, con FV conservada”. Implantó el stent tras predilatación con balón de 3mm. Y con balón de 4.5mm a 18 atmósferas, dilató posteriormente. El delantal pesaba toneladas sobre la espalda, las palpitaciones resonaban al mismo ritmo de la coronariografía: 10000 unidades de heparina sódica intravenosa, 24 horas de UVI, sentencia de Plavix durante un mes y Adiro 100 indefinido. No mediamos frase alguna después, más que las gracias por el acceso y la contemplación, el aire triunfal en sus movimientos le delataban: La intervención había sido un éxito.

Amaneció miércoles, próximo a Los Álamos, con una gran bola de fuego gigante alzada en las aguas del sur, tamizándose sobre las hojas largas y huesudas de palmera que custodiaban el paseo entre la arena de la playa y Santa Elena, sin hache. Entonces, supe que había regresado porque, después de pasar toda la noche en vela atenta al más mínimo movimiento de los cuidados intensivos tras la angioplastia, en el primer café bien cargado de la mañana, recibí su mensaje:
“Desde que existe el miedo, el ser humano no madura.
Desde que existe el miedo, los relojes se paran.
Desde que existe el miedo, se mueren las palabras.
Desde que existe el miedo, nuestro deseo nos salva.
Felicidades…atrasadas”.
No supe responder. No quise. Yo conocía bien el miedo. Y la impotencia del miedo. Inspiré el aroma; un buen café es tanto su paladar, como su sabor, como su esencia. Las horas sin dormir siempre hacen estragos- pensé. Era cierto, me aturdían el entendimiento; tal vez por eso, la cafeína se había convertido en mi inseparable. Regresé a la primera planta, habitación 102. No dije nada, sonreí hasta que las mejillas llegaron a esconder los ojos y me senté junto a él. Aún no podía creer que todo hubiera pasado. Me sentía aliviada. Ambos estaban vivos.

5 respuestas a Fragmento de verano (R2)

  1. maria dijo:

    ya no sonrio triunfante…pero sonrio a medias cuando recuerdo ese verano…aunque duele aun al evocarlo, supongo que todo pasa por algo, aunque a veces sea tan dificil saber por qué…

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  4. sandra dijo:

    siento que me he perdido muchas cosas…me alegra haber coincidido contigo, conocerte …aunque sea un poquito nada mas y poder tener el lujo de leerte. Muchos besos

  5. Jesús dijo:

    Raquel, me he kedado otra vez gratamente sorprendido por ti, por tu verso.
    Felicitaciones por todo el arte que hay en ti.
    Un abrazo

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