Guardias

Guardia de Pediatría (R1-R2)

No recuerdo el día exacto que le conocí, pero sí la primera vez que oí su nombre, que oí hablar de él. Coincidieron en una guardia de cirugía, del equipo A, un viernes y sin embargo, habían pasado las seis de la mañana cuando decidieron dar por concluida la jornada. Para aquel que conozca el hospital y haya hecho una de éstas de 17 horas que en realidad son 24, sabrá que es significativo. Normalmente te dejan ir a la cama, a la novena trece, sobre las doce si eres afortunado o a lo sumo, la una o las dos de la madrugada. A menos que el implicado tenga a bien quedarse por la general, la hora de partir es relativamente temprana. Y se agradece. No sé qué ocurrió, ya no podría precisar detalles, pero ese brillo en los ojos ya empezaba a serme familiar cada vez que alguien le nombraba. Curiosidad, supongo. Sí, debió ser curiosidad aquel primer sentimiento que hizo aflorar en mí mucho antes de conocernos. Luego, se sucedieron, casi solapados, la admiración y la ternura.

Podía ser cualquiera, podía. Era un chico alto y delgado, enjuto como diría mi profesor de lengua del bachiller, castaño oscuro y dulce. Pálido incluso. Críptico y tímido hasta la médula, o más bien, reservado e introvertido, discreto. Siempre escondido tras un cigarrillo y unas lentes de tres dioptrías y poco, como el grosso de los miopes. Y pijama verde de quirófano, mi favorito. “Algo debía tener, algo, para que despertara tanto interés”- pensaba cada vez que alguien sacaba a colación el tema. “Le ví…le hablé…me dijo…me rozó…” A veces llegaba a ser desesperante. También divertido. Sin pretenderlo me hallaba inmersa en esa vorágine quinceañera tan lejana, en ese derroche hormonal que no haya tregua si el deseo no se satisface, si el sentimiento no se corresponde. O sólo a medias. Porque desde mi posición privilegiada, de muda observación, la trama se desarrollaba con más significado del que pudieran tener cada uno de los participantes en la acción. Sólo yo podía sentarme cómodamente en la butaca de la última fila, en el silencio más absoluto, para disfrutar de la película. Los conocía bien, a todos. Los seguía de cerca, pero casi no eran conscientes de que fuesen mis personajes favoritos, mi novela viviente.

Hasta que un día, el fotograma me incluyó. Me engulló de golpe, sin previo aviso, como la ola enorme que hace suyo al náufrago que se agota contracorriente. Fue justo el trece de agosto. Uno de esos muñecos de la pantalla gigante se volvió hacia mí y me preguntó con toda naturalidad “¿quieres coser una brecha?”. Abrí los ojos bien grandes, de par en par. Medio me giré para cerciorarme de que era realmente a mí a quien se dirigía, a quien le hablaba. Entonces me descubrí, también yo, inmersa en aquel trajín, con pijama verde quirófano y zuecos a juego, con el fonendo colgando del cuello y una pequeña rana de terciopelo asomando al bolsillo de la bata (recuerdo de mi erre pequeña que acababa de despertar en Salamanca), con la mirada tan perpleja como la mía, al tiempo que decía que sí, ilusionada como una niña pequeña.

Se llamaba Nicolás, vivía un par de calles más allá, en Fermín Caballero, y tenía siete meses recién estrenados. Rubio como un ángel con rizos de aquellos que pintaban los clásicos, y la barbilla dividida en dos por una fina línea, trazada con pulso firme, en la piel transparente de bebé. Sólo tres puntos. Eternos, pero sólo tres. Siguiendo fielmente sus instrucciones y con una delicadeza infinita. “Tómate tu tiempo, sin prisas”. El chavalín me miraba como hipnotizado, muy serio, inmovilizado en el saco azul eléctrico. Y sin llorar. Las guardó todas para luego, cuando se refugió en las faldas de mamá, el lugar más seguro del mundo, donde las lágrimas (y todo) hallan consuelo. Tampoco yo me pronunciaba, atendiendo a sus explicaciones y concentrándome en coger el porta y el vicryl correctamente. Fue la primera vez. De su mano y gracias a él.

Sonreí a Nicolás, ya había terminado. Le despedí con un beso cariñoso en la frente, se lo había ganado a pulso; y me volví hacia él, dejando al crío correr a esconderse en brazos de su abuela. También reía mientras terminaba el informe. Él de satisfacción. Yo de triunfo. Soñaba con eso. Desde siempre. Practiqué en telas, en maniquíes, en cadáveres…grapé…pero mis primeros puntos fueron con él. Desde que comencé la carrera, deseé suturar y, sin embargo, el momento llegó siete años después, en una guardia de pediatría, como una intrusa de incógnito, invitada de honor en el nuevo quirófano de urgencia. No era el único detalle, ni el primero que tenía conmigo. “Como con todas”- me recordé irónicamente. Pero cuando me volví a mirarlo esta vez, a medirlo desde una prudente distancia; no era el mismo, no era lo mismo. Aquella curiosidad del principio ya estaba más que satisfecha. Y la ternura hacía tiempo que la había ganado sin el menor esfuerzo. En aquel instante, recordé todas esas pequeñas cosas y sentí que le habían hecho crecer ante mí.

Ajeno a todo este proceso mental, me asió jovialmente del brazo, como solía hacer, y me rogó casi en tono de súplica “Anda…sube conmigo que tengo que quitar un tubo endotorácico”. “Tengo papeles por ver”- refunfuñé sin oponer mucha resistencia; pero al asomarnos, sólo quedaba uno pendiente, así que me condujo victorioso a neonatos. Otra planta, otro mundo. Ni que decir tiene que allí, él era el rey. Y con razón. Se acercó a la incubadora, previos guante, mascarilla, gorro y calzas y apenas rozó el abdomen a medio madurar de aquel ser minúsculo, con las yemas de los dedos o quizás sólo con la intuición, para saber que aún era pronto. Se quejó el pequeñín y él le acarició apenas hasta que la calma volvió a dormirle. Fue entonces cuando ví al hombre, cuando la admiración me dejó la boca entreabierta. “Todavía no, hay que hacerle otra radiografía”-me comentó bajo la mirada inquisitiva de las enfermeras. Tal vez podría reconocerle con los ojos cerrados y sentir su evolución. Y saber. Aún no salía de mi asombro; su mano casi era de la misma longitud que el prematuro, que esa criatura protegida de todo y aislada, totalmente indefensa y a merced del criterio de un residente de segundo año; se me antojaba imposible poder discernir en ese mínimo cuerpecito, menos aún diagnosticar ni intervenir. Igual de ínfima me sentía yo a su lado. El pequeño cirujano pediátrico se había transformado en “gran”.

Ahora entendía ese “algo” que tenía; porque de nuevo brillaban unos ojos en su presencia. No pude comprobarlo, pero sentía presente esa mirada. Era la mía. De admiración.

Saliente de guardia (2006-2007)

Día uno de enero..

 

Dos vueltas de llave; no por seguridad ni obsesión, sino por inercia. Las dos de siempre; el bolso en la esquina del sofá, en el codo del ángulo recto del reposabrazos de camino a la habitación, el abrigo sobre el respaldo de la silla del comedor y las deportivas, sin piedad, en mitad del pasillo. Y la insoportable bocanada rancia de los espacios cerrados, como único recibimiento, una bofetada de olvido y ausencia mezclada a partes iguales. Nadie en casa. Nadie espera, nadie aguarda impaciente su llegada. “Primer día del año”- se dice en voz alta mientras desliza los últimos nudillos detrás del espejo, los únicos que tienen cabida en el mínimo espacio que media entre éste y el gotelé de la pared, para accionar la llave de la luz. El click del antiguo interruptor resuena en el dormitorio, como un eco irónico, y la bombilla añeja de bajo voltaje amarillea la estancia esparciendo un mínimo de claridad. Las grotescas sombras crecientes de los muebles parecen llenar la alcoba de hálito. Sin compasión se enfrenta a la imagen especular que refleja el cristal de uno ochenta: las marcadas ojeras, los tímidos surcos incipiente en la piel, el paréntesis que enmarca los labios resecos de tanto hablar y explicar, de malgastar energías, los rayos que parten de la comisura de los párpados abriéndose como un abanico que cubre las sienes, la expresión de los gestos labrada a carboncillo suave en el friso que definen las cejas y el nacimiento de los primeros rizos del pelo, el cansancio grabado en la mirada y el hastío confundido con el olor aséptico de la urgencia hospitalaria. No le apena la imagen reflejada, ni siquiera le entristece; es la cruda realidad. “Heme aquí, recipiente único del alma”- parecen exclamar a gritos los huesos. Y, sin perder el contacto visual, encarada fríamente al espejo, se despoja del disfraz de calle. Con toda la calma, tira de un extremo de la bufanda sin prisa alguna, que presiona ligeramente la nuca hasta desenlazarse y enroscarse en el suelo por sí misma. Índice y pulgar pueden con la cremallera de la rebeca de lana gruesa y cada mano en su respectiva solapa deja escapar las mangas del revés. La derecha libera después la correa. Y la izquierda el botón de la cintura; uno sólo, el resto no ha lugar porque el pantalón ya cede, baila en las caderas tras 24 horas de guardia intensa, y cae por la misma insistencia de la gravedad hasta los tobillos. Las perneras dejan sendos huecos concéntricos de donde emergen los pies con timidez y donde terminan desplomándose los calcetines. Descalza, bajo la camiseta de algodón puro ajustada en las mangas, transparente de blanca después de tantos lavados, se adivina la ropa interior lisa y oscura. En sobria concordancia con el ánimo, sin encajes ni fantasías, sin ostentaciones, simplemente funcional y neutra. Sólo un cuerpo, como tantos otros que había explorado y recorrido en busca de algias y secretos, en pos del dato exacto que desvelara la patología. Un cuerpo. Muy similar a cuantos había descubierto y recorrido de forma autómata en los últimos años; autómata pero consciente de violentar la intimidad del último refugio de las vergüenzas humanas. Así se juzga en toda su magnitud, de pies a cabeza recorre la imagen que se presenta enfrente, impávida y serena. Un cuerpo sin más. Con sus articulaciones, sus redondeces, sus pliegues censurables, sus suavidades, sus encantos pudorosos, sus escondrijos. A cámara lenta concluye el rito y afronta la desnudez, cuestionándola, midiéndola, contemplándola. “Un cuerpo no más, un cuerpo”- se repite esta vez en voz alta. Y muestra el envés de las manos. De los antebrazos. Entorna los párpados para apreciarse mejor y elige caprichosamente los recuerdos.

 

Hace un mes, por teléfono, la risa nerviosa y la frase de desesperación, medio suspiro medio resuello, el “no tienes remedio”, la defendía de sus provocaciones. “Vete al espejo. Desnúdate y date un aplauso de mi parte”. Por supuesto no le hizo el más mínimo caso, pero le divirtió, como sucedía siempre con cualquiera de sus ocurrencias, a cual más obscena y disparatada para distraerla del pesimismo recalcitrante y la inseguridad.

 

48 horas antes. Otra llamada. La misma voz, solo que más cargada de cansancios. El interés mutuo de “saber cómo estás” como preámbulo, como antesala del eterno deseo jamás confesado: “Nunca me he despertado entre tus brazos, pero envidio a quien lo haya hecho…seguro que no era consciente de que estaba contigo…” Ella intenta disuadirle para que no prosiga, lágrimas a flor de piel, pero él se empeña, recordándole: “Lo tienes todo…eres hermosa y atractiva, inteligente, sensual, encantadora…pasional…en todo cuanto haces…”, cambia el tono de seriedad y se ríe mientras le dice: “¡y eso que no me he acostado contigo!, que el sexo, en cualquiera de sus expresiones, ha sido intocable entre nosotros…” Y mientras evoca, palabra a palabra, la conversación, se recorre con los ojos milímetro a milímetro. Y no halla ni un ápice de cuanto él proclamara. “¿Más engaño?”- se pregunta. No resuena el aplauso primero, ni tampoco deslumbran las maravillas que él contara. Lo único que resalta de entre la piel nívea transparente e insulsa y el negro profundo de los cabellos, es el esmalte ocre-nacarado como punto final de los pies, como la rocalla del acantilado del fin del mundo. En el más absoluto silencio, empapa el algodón y el olor intenso de la cetona le devuelve a la realidad. Una a una, en el borde del canapé las desencarna. Fue el único lujo del Año Nuevo: las uñas y el perfume, ocultos bajo el uniforme. Quizás el pijama verde quirófano le impregne de buena suerte, porque renunció a cualquier superstición de medianoche. Brindó con sus compañeros en el semisótano y mientras el dulce amargo de la sidra se deshacía en el paladar sonaba la primera REA: “Edema agudo de pulmón”. Ni siquiera entre las sábanas podía desprenderse de las sensaciones, como si se tratase del estreno de una nueva sinfonía en el tradicional concierto de Viena, resonaban los acordes nítidos e intensos…pero de su propia música. Y, a pesar de ello, no tardó en conciliar el sueño, de puro agotamiento.

 

GUARDIA CIRUGÍA (R1)

La nostalgia no envilece los recuerdos, sólo los ensalza y desnuda, dejándonos a su merced. Y es justo en este instante de horas muertas, que siempre delata, cuando puedo confesar: “Tuve la inmensa suerte de conocerle”. El médico se forma, el hombre nace. Los conocimientos se adquieren, a base de tesón y paciencia, como proclamaba Cajal “La historia de mis méritos es muy sencilla; es la vulgarísima historia de una voluntad indomable resuelta a triunfar a toda costa”; pero la virtud la conforma el ser. Y éste era admirable.
Tercera diagonal. Un adjunto, tres residentes de cirugía y una de familia de guardia por casualidad. De nombre, podría ser Teresa, rondando la imprecisión octogenaria, consumida por los años pero con esa expresión dulcificada del que ha vivido lo suficiente; con esa entrega. “Hagan conmigo lo que tengan que hacer, pero quítenme este dolor”.
Magistralmente el Dr. Díaz explora el abdomen, sus dedos acarician expertos los nueve cuadrantes, apenas sin presionar o haciéndolo tan leve e imperceptiblemente que más parece adivinar que sentir. Con pericia deja sus manos hacer mientras conversa afablemente, remota la intención de desviar la atención de la señora para concretar en un punto la dolencia, ficticia o real, porque no busca a través de la piel, sólo transmite su tacto para tranquilizarla, sin pretenderlo, emana el calor de las palmas calmando el grito sordo del hipocondrio y sus ojos azul mar intenso se clavan piadosos en la mirada de la enferma. Tocada de gracia se vence. Y encomienda su alma. De entre las sábanas emerge una mano huesuda, aún con ánimo de coquetear, uñas color carmín, que se aferra al antebrazo de la bata blanca, las pupilas se dilatan y los párpados se entornan. Asiente. Y el doctor deja de apelarse por el segundo, para hacerse más próximo si cabe, le palmea una mejilla arrancándole una sonrisa, sin promesas pero con confianza, pues a la perfección domina su quehacer y eso le potencia. No cabe atisbo de duda.
Los cirujanos son soberbios por naturaleza, susurrome en voz baja uno del gremio. Pero no como pecado capital, sino como consecuencia de recorrer mil veces el camino, estudiado al milímetro, para incluso a ciegas atreverse a intervenir. Y no se alza esa afirmación con orgullo, sin más queda suspendida en el ambiente, la seguridad de que no lo hará bien, lo hará mejor, exquisitamente mejor. La sublimación del arte de operar adquiría consistencia, forma y vida en manos de Joaquín, como hombre próximo y cercano, como médico, el doctor era una eminencia.
En el despacho contiguo, la familia. Rostros desencajados de preocupación. Reina el silencio. Con ese mismo peso de la palabra expone la cirugía, complicada, no exenta de riesgos, pero única alternativa. “Primum non nocere”. Luchar por un día más o abandonarse. La decisión siempre del lado oponente pero con la cargazón de la opinión del especialista, que inclina la balanza de algún modo, quizás sin pronunciarse. Sin embargo, no presencio el trámite del consentimiento informado, ni la atención a los ruegos y súplicas, ni el abrazo del náufrago al que asirse desesperado; es el instante mágico de la relación envidiable médico paciente de antaño. Sin artificios, con espontánea humildad, haciéndoles partícipes, con plena franqueza entrega el testigo. Ellos depositan su fe, él la protege. Ellos aguardan, él actúa. Implícito el juramento.
El busca disgrega al séquito y mientras la mitad desciende a la urgencia, ese semisótano con vida propia, que igual envilece y embrutece, que enriquece y reconforta; la otra mitad del equipo, adjunto, residente mayor e intrusa invitada de honor, aguarda en el antequirófano. De súbito la conversación distendida despierta otra faceta oculta y de Brenan y la profesión forense, pasamos al pasillo centro de la tercera. Con sumo mimo, nos hace cómplices de uno de los tesoros más preciados. Ni el hijo ni el árbol. El libro. Ante nuestra perplejidad se despliega la historia de la cirugía biliar de su pulso y letra. Pergaminos, litografías, ciencia y sabiduría. Horas y horas contenidas en un grueso tomo color vainilla. Páginas y páginas. Como una de las figuras del renacimiento, en el que el hombre había de conformarse en todas sus facultades para alcanzar la plenitud; no sólo curtirse en su hacer, sino moverse ágilmente del arte a la política a las letras a los números y a las ciencias. Dominarlas. Admirable fue la primera palabra y hasta la saciedad la repito: admirable. No puedo menos que doblegarme y pronunciar:
Dichoso aquel que repose en tus manos su frente cansada, que busque en ti alivio; no sólo hallará consuelo su enfermedad, sino descanso su alma. Dichoso aquel que a ti se encomiende, recibirá más de que lo que pueda percibir. Sin duda, afortunados quienes te rodeen y del día a día participen. Será un honor, aunque no lo aprecien en momento presente. Bienaventurado aquel que de tus lecciones aprenda, atienda tus consejos y observe tus actitudes, también por ósmosis se madura. Yo sólo estuve de paso, pero un instante fue suficiente para descubrirme ante ti.
En la mesa de operaciones, la incisión limpia ofrece el cuerpo con solemnidad, como si de un acto sagrado se tratase el profundizar en las entrañas humanas. Con destreza el instrumental se cede y los dedos asépticos se mueven con pericia. Impresionante despliegue. Cruce de miradas y escasas frases entrecortadas hasta aflorar la vesícula. Me recuerda el contacto y me insta a acercarme. No sólo ver y oír, es preciso sentir el hálito, más incluso que cualquier otra cosa. Las lentes se empañan pero la quietud es absoluta. Y la teoría del manuscrito, y las imágenes, se solapan con la realidad. Pero las hojas no traducen el latido de la aorta, ni el olor inconfundible de quirófano, ni la sensación del proceso, la satisfacción del que ha cumplido su deber. Drenajes, suturas, apósitos y parte de actuación. Puertas afuera, la actitud expectante de los familiares, la voz serena y con aplomo que confirma que todo ha concluido. Ahora sólo queda manejar la incertidumbre en la espera, lidiar con la impaciencia y abandonarse a las fuerzas de la naturaleza, la propia resistencia del cuerpo y la voluntad.
Teresa yace sumida en el sueño profundo de la anestesia, envuelta en sábanas verde esperanza, con una expresión de paz en el rostro. Incluso parece que la ictericia ha palidecido. Colecistectomizada. Respira pausadamente. El monitor aún conectado traduce su ritmo cadente y vigoroso. “Maktub”, dicen los árabes, “estaba escrito”. Lo que haya de ser, será. Esto es la vida.
Antes de retirarme a mi propio monte Horeb, asiento yo también. A pesar de toda la dureza y la crueldad de las guardias, la medicina es maravillosa. Y quien la hace así la engrandece. Gracias Joaquín.

Guardia de Trauma (R2)

De los humores del esqueleto del alma apenas recordaba, más que un examen oral a finales del mes quinto, memorizadas a la perfección las afecciones del mundo del Doctor Méndez. Y el árbol de Andry, como si de mí misma se tratara, unida a una estaca firme para enderezar el crecimiento.
Del griego “traumathos”, la herida y “logos” la ciencia que estudia el prefijo; siempre unida a la Ortopedia, también bautismo de la misma lengua “orthos”, recto, derecho y “pedios”, niño. Tres fueron las preguntas, ahora sólo puedo evocar las dos primeras: Cirugía esteroatáxica y genu varo, mientras el Doctor Vara observaba detrás de las lentes a medio camino del precipicio del puente nasal, debatiéndose entre las huellas dactilares impresas en el cristal y el espacio libre por encima de la montura, midiéndome en la escasa distancia de la mesa caoba de su despacho y garabateando una especie de nota en su agenda personal. De pasada sugirió que hablase sobre la Contractura Isquémica de Volkman y el síndrome compartimental agudo, desentumeciéndose los dedos rollizos y estirando las articulaciones falángicas. Incluso se permitió hacer el mismo comentario que tanto había repetido en clase para justificar su semblante irritable y pétreo a poco más de las ocho de la mañana, dirigiéndose a los compañeros que aguardaban turno para ser enjuiciados, justo a mis espaldas, escuchando la lección que yo recitaba en completo y absoluto silencio; “el régimen me hace estar de mal humor”. Aunque parecía divertirse arañando en los conocimientos adquiridos, oyendo la versión teórica nunca practicada, la medicina virtual de un estudiante proyecto de médico carente de los sentidos básicos: El tacto y la vista. La última fueron las fracturas del miembro superior, de repente me asaltó la pregunta que faltaba. Lo recuerdo perfectamente. Clasifiqué, esquematicé en una cuartilla esbozando líneas de fractura y argumenté posibles soluciones. “Puede marcharse” me despidió al tiempo que se adivinaba una media sonrisa escondida. Estaba satisfecho. Un tímido “gracias” y la frustración de no poder demostrar la preparación, a pesar de la calificación máxima. Las prácticas, por otra parte, escasas aunque productivas, también habían quedado sepultadas tiempo atrás. Hasta que conocí a Jokin.
La tercera urgencia sanitaria que inauguraba no era sino la contigua. Un mundo de sobra conocido por la rumorología hospitalaria, que igual ensalza que oprime, que comenta sin compasión, que de la nada urde y engendra las historias más intrincadas…La realidad, siempre se dijo, supera con creces la ficción. O la embelesa. Porque ese mundo, masculino por excelencia, árido y brutal, fue el más dulce y acogedor aquella primera guardia de lo que hasta entonces había sido cualquier otra jornada de intrusismo profesional, camuflada de verde, con el único afán de prolongar el aprendizaje.
Respeto mutuo y comprensión sin mediar palabras, como cuando se reconocen dos depredadores de la misma especie, dibujando círculos concéntricos estudiándose, a una prudente distancia, como en una danza ancestral, afectos de idéntico mal, sabedores de cuanto se oculta bajo el marco, cara a la galería. Tras el telón, el propio teatro de sombras, los vacíos y los silencios prolongados, las horas muertas, la desgana, el desamor. Para el público, la mejor de las sonrisas, la ironía, la frase pronta y alegre, el comentario agudo, el coraje; aunque nunca resuenen los aplausos, el mero esfuerzo lo compensa. La procesión ya va por dentro.

Profesionalmente; rendimiento pleno. Con sumo tacto, con las explicaciones más exhaustivas, sistemática de exploraciones y modus operandum. Un constante recibir y escaso dar entre la consulta dos y el busca de planta, la sala de yesos y la observación. Tímidamente me atrevo. Concentrando la fuerza en la posición y en sus directrices; los músculos se distienden, cede la presión y milagrosamente encajan las dos piezas del puzzle a la perfección. De nuevo experimentaba aquella sensación de triunfo y con la mirada plena victoriosa le busqué cómplice de lo acontecido. Él respondió, supongo que divertido al presenciar el descubrimiento de su quehacer diario, con idéntica sonrisa partícipe. Ya tenía en mi poder todos los vectores de la ecuación. Antona, doblemente, de apellido, fractura radio cubital distal bilateral.

“Sube conmigo”, me invitó al siguiente aviso de busca. De camino algo más distendidos, indagamos procedencias, conversación relajada, preguntas sueltas. A poco que nos conocemos, me embarga la sensación del que se supo siempre. Quizás ya nos cruzamos antes en algún punto sin saberlo. Ahora, ambos extraviados y ajenos, dolidos supervivientes que sin tapujos ni temor muestras sus heridas de guerra emocional, intimamos. A veces unos minutos son más que suficientes para pertenecer al círculo vital. Decir amigo es mucho más de lo que se piensa, no en el sentido altruista y desinteresado, en la manida expresión, ni siquiera en la comprensión implícita tan tópica; sino por la magia, por el idioma ininteligible a cuantos puedan rodearte. Basta un mínimo gesto, una mirada a medias, la transparencia. Puedo reconocer esa luz a mil leguas si existiese. No necesito demostraciones para adquirir esa certeza. Hoy existe y la conforman cinco letras: Jokin.

Una respuesta a Guardias

  1. Gladys dijo:

    De vez en cuando te leo y hoy he llegado hasta aquí…
    Casualidad o destino…me ha hecho gracia leer incluso aquí el nombre del Dr. Méndez, ese hombre que me examinó de trauma hace casi un año mientras me temblaban las piernas ;)

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